Es curioso comprobar cómo, desde hace unos 200 años, a la
par que el ser humano se iba sobre-estimando a sí mismo por haber encontrado
respuestas a fenómenos físicos y naturales de forma mucho más rápida y
convincente que durante los miles de años precedentes, su convencimiento sobre lo
que “debía” o “no debía ser” también se aceleraba pretenciosamente. Al final
del período, es decir, ahora, hoy, en este momento, el resultado de ese proceso
acelerado de altanería respecto a su entorno, esa vis de chulería déspota en
relación a la Naturaleza que nos dio la Vida, esa confianza desmesurada (e
ilusoria, añado) en las posibilidades del Hombre de situarse por encima de todo
sin miramiento, ha provocado que cantidades ingentes de seres humanos estén/estemos
sometidos al dictado de lo que unos cuantos deciden qué “debe” y qué no “debe
ser”. Así ha sido porque les hemos dejado y, si no ponemos remedio, así será porque
saben que les seguiremos dejando (la manipulación interesada de sistemas de
opinión y gestión como los partidos políticos o la invención de instituciones
creadas específicamente para perpetuar el poder en mano de unos pocos durante
largos períodos de tiempo son tan sólo algunos ejemplos). El miedo atávico, el
original, puede ser un poderoso aliado o el más feroz de nuestros enemigos,
pero el miedo rutinario, el miedo acompasado, el miedo tranquilo y asumido, el
miedo acomodado, el miedo sibilino, ese que a base de no dejarse ver demasiado
nos va moldeando como personas, ese es, en cualquier caso, el freno más
efectivo contra cualquier intención de cambio y/o avance personal y colectivo.
Esquilmamos millones de hectáreas de terreno cultivable en
beneficio de grandes corporaciones, infectamos a todo un planeta con remedios
farmacológicos de eficiente respuesta inmediata pero difusas consecuencias
futuras, vendemos armas a adultos que se las pasan a niños para que su infancia
sea determinada por conflictos bélicos que ni siquiera vieron generarse, nos
inmunizamos contra la visión de barrigas hinchadas en terrenos inmundos,
lloramos la pérdida de semejantes relativamente cercanos mientras seguimos
dándole al puchero ante una catástrofe lejana, arreglamos con la palabra un
mundo que ayudamos a destrozar con la acción, justificamos esa incoherencia
atacando exclusivamente los defectos de la clase dirigente, abocamos bilis a raudales sobre lo que consideramos mal hecho o mal dicho por otros mientras nos
auto-concedemos pequeñas bulas diarias que perdonen lo que hacemos mal o
decimos peor. Amamos, sí, pero a quien nos ama. Sonreímos, sí, pero a quien
nos sonríe. Saludamos, sí, pero a quien nos saluda. Hemos levantado entre
todos un “mundo espejo”, que nos devuelve exactamente lo mismo que le
proyectamos…ergo, no avanzamos.
Sabemos –y nos gustaría creerlo, además- que
hay que cambiarlo todo, ayudar a mejorar nuestro entorno, colaborar por el bien
de la Tierra, de sus habitantes (sean seres humanos, animales, plantas o cosas)
y somos conscientes también de que, de paso, no estaría de más inculcar un nuevo orden mundial que asumiera
los valores de la ética, la bondad, la educación, el respeto, la amistad, la
inteligencia, el amor y la alegría como bases inalterables de crecimiento,
donde nadie –repito, nadie- estuviera por encima de nadie, donde el primer y
más importante objetivo de los líderes y gestores públicos fuera el cuidado
permanente de su comunidad, donde la avaricia y la codicia fueran tan sólo
rémoras de un pasado postergado a museos etnográficos, donde el “ser” primara
sobre el “tener” y ambos estuviera en orden y armonía con el medio. Sí, supongo
que toda esta carta a los reyes magos estaría bien…aunque sabemos que nunca
será así porque el "miedo-carácter" se ha impuesto, ha ganado, nos ha derrotado.
Asumámoslo, hasta nos cuesta leer tanta palabrería de color rosa, nos da la
impresión de que es un mensaje casi infantil, ¿a que sí? Lo ves: el miedo ha
ganado.
El sistema ha contaminado y condicionado nuestra manera de pensar y de
comportarnos, y lo ha hecho con su discreta mesura y nuestra aquiescencia inconsciente. Somos el
resultado de lo que muchos especialistas en programación
neuro-científico-social han hecho de nosotros, dejándonos vivir en capsulitas
de vida prefabricadas y decoradas con buenas intenciones, sensación de seguridad
y emociones a menudo agradables e incluso intensas, de vez en cuando. Lo suficientemente
intensas como para paralizar o aletargar nuestra capacidad de acción,
perpetuando, de esta manera, su Estrategia de Poder Permanente.
“Bien, y cuál es la buena noticia?”, te preguntarás. Pues no
la hay…es decir, no la hay o las hay a montones, tantos como pensamientos y
acciones estemos dispuestos a llevar a cabo en nuestra vida en la buena
dirección.
Empezar por la educación y el respeto estaría bien. E
iniciar esta revolución en nosotros mismos estaría aún mejor. Despojarnos de la
coraza de lo aprendido; abandonar los prejuicios grabados a fuego en nuestro
interior; convencernos de que cualquiera es mejor que nosotros en algún aspecto
y de que en ese sentido podemos aprender de él; pedir y pedirnos perdón; no
criticar sin fundamento; exigir y quejarnos ante quién sea cuando sabemos que
nos asiste la razón; tomar el pulso a la Naturaleza que nos rodea y sentir
que esas pulsaciones no son suyas, son las nuestras; amar sin tapujos ni
condicionantes; olvidarnos del “qué dirán”…hay tantas cosas que podemos hacer…y
tantas excusas para no hacerlas…pero las haremos, tú y yo sabemos que las
acabaremos haciendo. Porque esta es, en esencia, la buena noticia: que estamos
preparados para cambiar para que nadie nos dicte lo que debemos o no debemos hacer.
Seamos aquel camino que siempre habíamos deseado andar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario