Lo único que tenía que hacer era quedarme quieto, en
posición vertical, mirar al frente, levantar un poco la rodilla, echar el pie
ligeramente hacia atrás y la punta hacia abajo,
mantenerme así unos segundos, darme un pequeño impulso hacia arriba…y
elevarme.
Hace ya muchos, muchos años y durante varios de ellos, la
mayoría de mis sueños empezaban así. Al cabo de un momento, mi cuerpo se movía
hacia donde yo lo dirigía, lo dominaba absolutamente, era capaz de volar. Si
movía la rodilla un poco hacia la derecha, me iba hacia la derecha, si la movía
hacia la izquierda, hacia ese lado que me desplazaba. Me bastaba levantarla un
poco más para ir hacia arriba y cuando quería posarme de nuevo en tierra, no
tenía más que colocar el pie en su posición natural y bajaba plácidamente hacia
el suelo…o me quedaba a un palmo de las olas del mar, o en el borde de una
nube, o en lo alto de una montaña. Así estaba toda la noche: volando. Sentía una
libertad absoluta, definitiva. A veces jugaba dentro del sueño. Me elevaba
hasta la cima de un monte en concreto (inexistente, claro). Me gustaba porque
tenía muchos salientes. Me colocaba en el más alto, visualizaba la distancia y
desnivel que había entre uno y otro y, en un momento dado, cerraba los ojos al
tiempo que saltaba hacia el primero. No era velocidad lo que sentía mientras me
dirigía hacia él, era algo más parecido a bucear increíblemente rápido. Notaba
la fricción de la fuerza contraria a mi avance, pero era agradable. Cuando
calculaba que estaba a punto de llegar a él y justo unos metros antes de
estrellarme contra la roca, levantaba la rodilla y eso me permitía desacelerar
la caída, reducir la velocidad y tomar tierra sin ningún problema. Pero en ese
preciso momento, en el instante exacto en que eso sucedía, aún con los ojos
cerrados, volvía a lanzarme hacia el siguiente, y así hasta que finalmente, al
cabo de un buen rato, bajaba hasta el pie de la montaña, de salto en salto, de
saliente en saliente, abría los ojos y miraba extasiado hacia arriba: la cima
ya no estaba, la montaña era un enorme espacio vacío lleno de una luz intensa
pero no molesta. Esa visión me provocaba sentimientos encontrados, ya que por
un lado ansiaba comprobar el alcance de mi heroicidad al bajar una montaña
entera, de risco en risco, desafiando las leyes más básicas de la Naturaleza y
a la mismísima diosa Gravedad, y no podía; pero por otro, cuanto más miraba el
vacío de la montaña, una extraña sensación de paz total me embargaba, porque
comprendía lo más importante: yo era la montaña. Lo que volaba era mi voluntad,
que dirigía hacia donde quería; la posibilidad de matarme en cada salto era un
simple reto que asumía tranquilamente y que vencía por atención, concentración
y actitud; los salientes eran problemas que solucionaba afrontándolos de cara.
Todo tenía sentido. Me sentía seguro y fuerte. Cuando algo me molestaba, no
tenía más que levantar la rodilla, y elevarme unos metros por encima del suelo para
que desapareciera el problema. Con el tiempo, “elevarme un poco por encima de
los problemas” para tener una perspectiva general de los mismos me sirvió (me
sirve) para afrontarlos con mayores garantías, si no de solución, sí de enfoque
y comprensión. Es cierto, no obstante, que no hubiera mejorado esa técnica si
por el camino no me hubiera encontrado con importantes episodios de estrés que
me permitieron aplicarla. De todo se aprende.
Crecí y nunca más volví a tener ese sueño. Hoy no sé si soy
montaña, un simple risco o una inerme llanura, aunque tampoco me importa
demasiado. He aprendido que no estamos hechos de sueños, sino que los sueños
están hechos de nosotros, se visten con nuestra piel y salen a vivir cada día
una vida distinta. Los sueños sueñan de día mientras nosotros dormimos la
realidad de la noche y construimos una montaña con muchos salientes que al día
siguiente saltaremos…con los ojos bien abiertos.
El éxito de nuestros retos está en convencernos de que, si
realmente somos la montaña, los salientes (los obstáculos) nos pertenecen…y si eso es
así (y lo es), la victoria es nuestra. Y a cada victoria la precede un sueño. A
cada sueño, un vuelo. Y a cada vuelo, un espíritu libre que se lanza, seguro de
sí, de saliente en saliente. Y ese espíritu lleva tu nombre. Todos los nombres.
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