viernes, 11 de noviembre de 2016

Día 7. Líderes de piel y alma

Procura este espacio de pensamiento íntimo y sentimientos varios no acuñar respuestas fútiles a situaciones vanas y, por ello, huye de todo acercamiento a una realidad diaria que ataca con armas de insensibilidad mi forma de ver las cosas, mi mundo. Podría decirse que, siendo como soy un ente social compuesto por una considerable capacidad para la empatía y la relación interpersonal, no acepto de buen grado que esa socialización se cuele sin avisar por las rendijas de este blog. Pero, de vez en cuando, las brumas de un mundo que se me antoja cada vez más mediocre, banal, simplón y perdido, consiguen traspasar este medio y se pasean por él. Cuando eso pasa, intento recordar a Leonard Cohen: “hay una grieta en todo, así es como entra la luz…”. Hoy es el caso, y busco esa luz.

Hubo una época en la que Atenas tuvo un gran dirigente, Pericles. Alguien que era capaz de dirigirse al pueblo y adornar el aire con palabras como estas: “Pues amamos la belleza con anhelo y el saber sin relajación, y usamos la riqueza más como ocasión de obrar que como jactancia de palabra. Y el reconocer que se es pobre no es vergüenza para nadie, sino que el no querer evitarlo, eso sí que es más vergonzoso”. Con el paso del tiempo, la vida colectiva ha regalado al ser humano, de vez en cuando, hombres y mujeres que han engrandecido la noble tarea de hacer política para y por el pueblo. Pero ese pueblo, a medida que crecía, se acomodaba, envilecía y acumulaba para sí excedentes materiales de dudoso valor vital, iba apartando a todo aquel que pretendía mantener viva la llama del liderazgo moral y de la ética universal como atributos a defender por encima de todas las cosas, cediendo su voluntad (y necesidad no consciente) a personajes que alimentaban con ideas vacuas y emociones primarias el alma comunitaria. El ser humano se abandona a sí mismo cada vez que respalda con su ignorancia a líderes de plástico, midas de focos y alfombra roja que copan de odio mentes ávidas de rencor o, aún peor, de desesperación. Esta semana ha pasado en Estados Unidos. Y volverá a pasar.

El pueblo (tú, yo, nosotros, todos) reacciona a impulsos básicos aunque sea capaz de pensar sofisticadamente. Balancea permanentemente entre el bien y el mal con largas paradas en zonas medias, donde el nihilismo, la dejadez, el desinterés, la vanidad, la acritud, el rencor, la envidia, la crítica desinformada y  sobretodo el miedo, conforman un modelo de sociedad que se va imponiendo poco a poco. Y cuando ese líder de plástico capta la esencia misma de tal balanceo, aprovecha la emocionalidad asustada de la gente para erigirse como el dueño del balancín. Y la gente le cree. Y las brumas de la tristeza y la desazón se cuelan por las rendijas de mi vida.


Pero justo antes de que todo se vuelva oscuridad, un haz de luz entra por esa misma rendija. Pericles vuelve a mí y salva mi desespero con sus palabras: belleza y sabiduría. Y al pensar en ello, Platón acude también en mi auxilio con su tríada perfecta: belleza, sabiduría y bondad. Y de repente las brumas se esfuman, porque comprendo que tengo razón cuando reclamo -aunque sea en el silencio de mi necesidad y en la quietud de mi deseo- a ese líder que fui, como todos, abandonando en el camino cuando estaba más preocupado por “tener” que por “ser”. Ahora, más que nunca, necesitamos líderes de piel y alma, de bondad y fuerza, de ánimo y emoción, que recojan los trocitos de vida que la humanidad ha ido abandonando y construyan, para ella, un mundo parecido al que soñó Pericles, en el que ser pobre no sea motivo de vergüenza, siempre y cuando se luche con ahínco por no serlo. Siempre que la diferencia una y no repare en colores que justifiquen desencuentros. Siempre que las palabras necias sean reprobadas, apartadas y alejadas. Siempre que, cuando alguien nos enseñe con sus palabras la peor versión de “el otro” para que avalemos con nuestro voto su liderazgo enfermo, seamos capaces de apartar la mirada, darle la espalda y seguir avanzando a través de esa grieta de luz que en todos vive. 

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