Procura este espacio de pensamiento íntimo y sentimientos varios
no acuñar respuestas fútiles a situaciones vanas y, por ello, huye de todo
acercamiento a una realidad diaria que ataca con armas de insensibilidad mi
forma de ver las cosas, mi mundo. Podría decirse que, siendo como soy un ente
social compuesto por una considerable capacidad para la empatía y la relación
interpersonal, no acepto de buen grado que esa socialización se cuele sin
avisar por las rendijas de este blog. Pero, de vez en cuando, las brumas de un
mundo que se me antoja cada vez más mediocre, banal, simplón y perdido,
consiguen traspasar este medio y se pasean por él. Cuando eso pasa, intento recordar
a Leonard Cohen: “hay una grieta en todo,
así es como entra la luz…”. Hoy es el caso, y busco esa luz.
Hubo una época en la que Atenas tuvo un gran dirigente,
Pericles. Alguien que era capaz de dirigirse al pueblo y adornar el aire con
palabras como estas: “Pues amamos la belleza con anhelo y el saber sin relajación, y usamos la riqueza más como ocasión de obrar que como jactancia
de palabra. Y el reconocer que se es pobre no es vergüenza para nadie, sino que
el no querer evitarlo, eso sí que es más vergonzoso”. Con el paso del
tiempo, la vida colectiva ha regalado al ser humano, de vez en cuando, hombres
y mujeres que han engrandecido la noble tarea de hacer política para y por el
pueblo. Pero ese pueblo, a medida que crecía, se acomodaba, envilecía y
acumulaba para sí excedentes materiales de dudoso valor vital, iba apartando a
todo aquel que pretendía mantener viva la llama del liderazgo moral y de la
ética universal como atributos a defender por encima de todas las cosas,
cediendo su voluntad (y necesidad no consciente) a personajes que alimentaban
con ideas vacuas y emociones primarias el alma comunitaria. El ser humano se
abandona a sí mismo cada vez que respalda con su ignorancia a líderes de
plástico, midas de focos y alfombra roja que copan de odio mentes ávidas de
rencor o, aún peor, de desesperación. Esta semana ha pasado en Estados Unidos.
Y volverá a pasar.
El pueblo (tú, yo, nosotros, todos) reacciona a impulsos
básicos aunque sea capaz de pensar sofisticadamente. Balancea permanentemente
entre el bien y el mal con largas paradas en zonas medias, donde el nihilismo,
la dejadez, el desinterés, la vanidad, la acritud, el rencor, la envidia, la
crítica desinformada y sobretodo el
miedo, conforman un modelo de sociedad que se va imponiendo poco a poco. Y
cuando ese líder de plástico capta la esencia misma de tal balanceo, aprovecha
la emocionalidad asustada de la gente para erigirse como el dueño del balancín.
Y la gente le cree. Y las brumas de la tristeza y la desazón se cuelan por las
rendijas de mi vida.
Pero justo antes de que todo se vuelva oscuridad, un haz de
luz entra por esa misma rendija. Pericles vuelve a mí y salva mi desespero con sus
palabras: belleza y sabiduría. Y al pensar en ello, Platón acude también en mi
auxilio con su tríada perfecta: belleza, sabiduría y bondad. Y de repente las
brumas se esfuman, porque comprendo que tengo razón cuando reclamo -aunque sea
en el silencio de mi necesidad y en la quietud de mi deseo- a ese líder que
fui, como todos, abandonando en el camino cuando estaba más preocupado por
“tener” que por “ser”. Ahora, más que nunca, necesitamos líderes de piel y
alma, de bondad y fuerza, de ánimo y emoción, que recojan los trocitos de vida
que la humanidad ha ido abandonando y construyan, para ella, un mundo parecido
al que soñó Pericles, en el que ser pobre no sea motivo de vergüenza, siempre y
cuando se luche con ahínco por no serlo. Siempre que la diferencia una y no
repare en colores que justifiquen desencuentros. Siempre que las palabras
necias sean reprobadas, apartadas y alejadas. Siempre que, cuando alguien nos
enseñe con sus palabras la peor versión de “el otro” para que avalemos con
nuestro voto su liderazgo enfermo, seamos capaces de apartar la mirada, darle la
espalda y seguir avanzando a través de esa grieta de luz que en todos vive.
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