Mi primera decisión “madura” -siendo este adjetivo sinónimo
de pensada, consciente, propia, decidida y autogratificante- fue a los 13 años
recién cumplidos. En un viaje familiar a una playa cercana, de vuelta a casa,
con la cabeza fuera de la ventanilla del coche, el cuerpo libre de un cinturón
de seguridad que por aquel entonces ni existía, gozando del fuerte viento que
secaba al momento un pelo corto cruzado por rebeldes “remolinos” imposibles de
someter a la férrea dictadura del peine, los ojos cerrados y una sonrisa
delatora que avanzaba lo que iba a suceder en breves instantes, pasó: de
repente supe que se había acabado aceptar por las buenas los siempre bienintencionados
consejos de mis padres, acumular memorísticamente las enseñanzas de mis
profesores sin someterlas a una criba de mínimo criterio y conformarme con los
impactos que la vida me mandaba en forma de emociones permanentes durante todo
el día sin sacarles todo el provecho posible a las mismas.
De cómo llegué a esta conclusión pseudo-freudiana en dos
segundos cuando en realidad lo único que yo quería era peinarme con la raya al
lado aprovechando el cálido viento veraniego que generaba la velocidad del
coche y por qué la primera concreción práctica de tales pensamientos fue
decirle a mi madre al llegar a casa, absolutamente convencido, que me iba a
dejar el pelo largo, que quería unos pantalones “de piel de melocotón y pata de
elefante”, una camisa de cuadros y unas gafas de sol “con el cristal amarillo”,
no tengo ni la más remota idea (algún día tengo que analizar mi subconsciente
primigenio a fondo). En todo caso, la cosa fue así, tal y como la acabo de
contar. A partir de ese momento, siempre recuerdo haber pensado por mí mismo,
haber sacado mis propias (y a menudo erróneas) conclusiones y no haberme dejado
embaucar -conscientemente, por lo menos- por palabrería ajena.
El caso es que, mientras mi madre hurgaba en mercadillos de
pueblo la posibilidad de corresponder a los extraños deseos textiles de su hijo
sin que menguara excesivamente la ya de por sí ajustada economía familiar, yo
descubrí por casa toda una colección de libros extraños, de los que sólo tenían letras (hasta entonces, mi
universo editorial se ceñía a cómics, tebeos y, de vez en cuando, a las
aventuras de los libros de Enid Blyton). Dicha colección tenía títulos parecidos a “Cómo ganar amigos e
influir sobre las personas”, “Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de
la vida”, “Cómo hablar eficazmente”, y algunos más. Los había escrito un tal
Dale Carnegie y formaban parte de un cursillo al que había asistido mi padre
por motivos profesionales –aunque a él no le hiciera falta porque llevaba
incorporadas de serie las enseñanzas que de ellos se desprendían-. Durante un par de años me los leí todos
aprovechando el silencio y la íntima tranquilidad de muchas noches. Creo que
ese fue mi primer acto de madurez recién concebida, realizado más por “parecer
grande” que por serlo, obviamente. Con el tiempo, no obstante, me ha ido bien
ubicar exactamente el momento en el que mi “yo” empezó a funcionar como tal.
Tenía éxito en los estudios; hacía deporte; era un buen chaval; gozaba de la estima
y el respeto de mi entorno inmediato; de los once años que pasé estudiando en el
colegio, creo que unos siete u ocho mi clase me votó como “mejor compañero”; estaba ávido de conocimientos y –aunque los
adquiría de forma desordenada e impulsiva- encontraba siempre fórmulas para
aplacar mi sed de entender. En casa no sobraba nada, pero a base de mucho
esfuerzo, tampoco faltaba. Era feliz. Llené los niveles de vanidad que todos
–consciente o inconscientemente- buscamos completar justo cuando debía hacerlo,
de tal forma que nunca después, nunca, he necesitado actuar movido por esa
necesidad, lo cual ha ido consolidando mi principal tesoro: mi libertad de
criterio y pensamiento. Y estoy convencido de que todo esto pasó porque una
tarde de verano decidí ser yo mismo mientras la naturaleza, en forma de aire cálido,
acariciaba mi pelo y mi cara, y mi cerebro procesó aquella sensación como un
impulso a la mayor (y mejor) decisión de mi vida: voy a ser yo.
Por ello, justo cuando empieza un nuevo año, los propósitos
toman forma casi de karma místico y, por algún extraño motivo, sentimos que el
mero hecho de añadir un dígito al calendario, nos otorga el poder sobrenatural
de la máxima esperanza en nuestras posibilidades, sólo tengo un deseo para ti,
que me dedicas unos minutos: lee, averigua, escudriña, discute, debate,
pregunta, vuelve a leer, duda, afirma, concluye, contrasta, observa, vuelve a dudar,
plantea, confirma, asimila o rechaza, para poder ser, ante todo y ante todos, la mejor
versión de ti mismo.
Feliz 2017!
Pd: Finalmente nunca me compraron el pantalón, ni la camisa
a cuadros, ni las gafas de cristal amarillo. Supongo que fue mi primera lección
como “adulto”: por mucho que pienses por ti mismo, una madre sabe mejor que tú
lo que te conviene!
He podido apreciar que tus recuerdos de infancia estan vivos, y solo quisiera comentar que tu madre tomo una decision muy sabia al no acceder a tis deseos, pues no siempre todos los deseos se cumplen, y eso que siempre una madre hace imposibles para satisfacerlos, de esos troncos bien formados, salen astillas que concentran toda la savia de la que estas hecho, afortunado Jordi.
ResponderEliminarSiento contestarte tarde, Andreu! Gracias por tu considerado comentario, que encuentro muy acertado: es cierto que, bajo la inocencia de un deseo infantil puede esconderse una pequeña dosis de "tiranía de hijo" inconsciente y, en este sentido, al no ser satisfecha según mis exigencias, mi madre me enseñó a gestionar los deseos. Un abrazo.
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