lunes, 2 de enero de 2017

Día 10. Feliz 2017 (no podía ser de otra manera)

Mi primera decisión “madura” -siendo este adjetivo sinónimo de pensada, consciente, propia, decidida y autogratificante- fue a los 13 años recién cumplidos. En un viaje familiar a una playa cercana, de vuelta a casa, con la cabeza fuera de la ventanilla del coche, el cuerpo libre de un cinturón de seguridad que por aquel entonces ni existía, gozando del fuerte viento que secaba al momento un pelo corto cruzado por rebeldes “remolinos” imposibles de someter a la férrea dictadura del peine, los ojos cerrados y una sonrisa delatora que avanzaba lo que iba a suceder en breves instantes, pasó: de repente supe que se había acabado aceptar por las buenas los siempre bienintencionados consejos de mis padres, acumular memorísticamente las enseñanzas de mis profesores sin someterlas a una criba de mínimo criterio y conformarme con los impactos que la vida me mandaba en forma de emociones permanentes durante todo el día sin sacarles todo el provecho posible a las mismas.

De cómo llegué a esta conclusión pseudo-freudiana en dos segundos cuando en realidad lo único que yo quería era peinarme con la raya al lado aprovechando el cálido viento veraniego que generaba la velocidad del coche y por qué la primera concreción práctica de tales pensamientos fue decirle a mi madre al llegar a casa, absolutamente convencido, que me iba a dejar el pelo largo, que quería unos pantalones “de piel de melocotón y pata de elefante”, una camisa de cuadros y unas gafas de sol “con el cristal amarillo”, no tengo ni la más remota idea (algún día tengo que analizar mi subconsciente primigenio a fondo). En todo caso, la cosa fue así, tal y como la acabo de contar. A partir de ese momento, siempre recuerdo haber pensado por mí mismo, haber sacado mis propias (y a menudo erróneas) conclusiones y no haberme dejado embaucar -conscientemente, por lo menos- por palabrería ajena.

El caso es que, mientras mi madre hurgaba en mercadillos de pueblo la posibilidad de corresponder a los extraños deseos textiles de su hijo sin que menguara excesivamente la ya de por sí ajustada economía familiar, yo descubrí por casa toda una colección de libros extraños, de los  que sólo tenían letras (hasta entonces, mi universo editorial se ceñía a cómics, tebeos y, de vez en cuando, a las aventuras de los libros de Enid Blyton). Dicha colección tenía  títulos parecidos a “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas”, “Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida”, “Cómo hablar eficazmente”, y algunos más. Los había escrito un tal Dale Carnegie y formaban parte de un cursillo al que había asistido mi padre por motivos profesionales –aunque a él no le hiciera falta porque llevaba incorporadas de serie las enseñanzas que de ellos se desprendían-.  Durante un par de años me los leí todos aprovechando el silencio y la íntima tranquilidad de muchas noches. Creo que ese fue mi primer acto de madurez recién concebida, realizado más por “parecer grande” que por serlo, obviamente. Con el tiempo, no obstante, me ha ido bien ubicar exactamente el momento en el que mi “yo” empezó a funcionar como tal. Tenía éxito en los estudios; hacía deporte; era un buen chaval; gozaba de la estima y el respeto de mi entorno inmediato; de los once años que pasé estudiando en el colegio, creo que unos siete u ocho mi clase me votó como “mejor compañero”; estaba ávido de conocimientos y –aunque los adquiría de forma desordenada e impulsiva- encontraba siempre fórmulas para aplacar mi sed de entender. En casa no sobraba nada, pero a base de mucho esfuerzo, tampoco faltaba. Era feliz. Llené los niveles de vanidad que todos –consciente o inconscientemente- buscamos completar justo cuando debía hacerlo, de tal forma que nunca después, nunca, he necesitado actuar movido por esa necesidad, lo cual ha ido consolidando mi principal tesoro: mi libertad de criterio y pensamiento. Y estoy convencido de que todo esto pasó porque una tarde de verano decidí ser yo mismo mientras la naturaleza, en forma de aire cálido, acariciaba mi pelo y mi cara, y mi cerebro procesó aquella sensación como un impulso a la mayor (y mejor) decisión de mi vida: voy a ser yo.

Por ello, justo cuando empieza un nuevo año, los propósitos toman forma casi de karma místico y, por algún extraño motivo, sentimos que el mero hecho de añadir un dígito al calendario, nos otorga el poder sobrenatural de la máxima esperanza en nuestras posibilidades, sólo tengo un deseo para ti, que me dedicas unos minutos: lee, averigua, escudriña, discute, debate, pregunta, vuelve a leer, duda, afirma, concluye, contrasta, observa, vuelve a dudar, plantea, confirma, asimila o rechaza, para poder ser, ante todo y ante todos, la mejor versión de ti mismo.

Feliz 2017!

Pd: Finalmente nunca me compraron el pantalón, ni la camisa a cuadros, ni las gafas de cristal amarillo. Supongo que fue mi primera lección como “adulto”: por mucho que pienses por ti mismo, una madre sabe mejor que tú lo que te conviene!



2 comentarios:

  1. He podido apreciar que tus recuerdos de infancia estan vivos, y solo quisiera comentar que tu madre tomo una decision muy sabia al no acceder a tis deseos, pues no siempre todos los deseos se cumplen, y eso que siempre una madre hace imposibles para satisfacerlos, de esos troncos bien formados, salen astillas que concentran toda la savia de la que estas hecho, afortunado Jordi.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Siento contestarte tarde, Andreu! Gracias por tu considerado comentario, que encuentro muy acertado: es cierto que, bajo la inocencia de un deseo infantil puede esconderse una pequeña dosis de "tiranía de hijo" inconsciente y, en este sentido, al no ser satisfecha según mis exigencias, mi madre me enseñó a gestionar los deseos. Un abrazo.

      Eliminar