jueves, 21 de febrero de 2019

Día 18. La música tiene barrio



La ventana de la habitación de Alfonso y su hermano Gerardo daba al exterior, en la misma esquina con la subida de la calle Hugo. Era una planta baja. No había lugar en ella para la especulación o el qué pasará, pues bastaba sacar la cabeza por entre sus rejas para saber exactamente qué sucedía fuera, pero sí lo había para la imaginación, para las historias, las risas y la amistad. En esa habitación descubrí, a los 13 o 14 años, la cara angelical de una jovencísima Linda Ronstad, de la que me enamoré a la que empezó a cantar las primeras notas de su “Blue Bayou”. Para compensar el azúcar que nos provocaba el timbre de voz de Linda, Gerardo, un poco mayor que su hermano y que yo, nos pinchaba el LP de Boney M., y ahí nos dejaba a los dos: con el “Daddy Cool” y el "Ma baker" de turno.

Fue en casa del primo de Alfonso y Gerardo, Carlos, que vivía a unos setenta metros de distancia, donde mi alma musical se engarzó al que después ha sido un acompañante fijo en mi vida: Barry White. Y es curioso que el flechazo fuera tan potente siendo que el primer tema que sentí (no sólo oí) de este cantante, al que caracterizaba su profunda voz, fue “Loves Theme”, una preciosidad de cuatro minutos enteramente musicales, sin letra. Floté por encima de un mundo y un pueblo que ya por entonces se me antojaban grises, apagados y sucios, aunque el amor por el terruño disimulaba la realidad que nos envolvía a todos en aquella época.

La casa de Plácido estaba entre las anteriores y cerca de la mía. Todos los momentos que pasé en su piso, que fueron muchos, estaban adornados de música (bueno, de música y de una madre a la que le salía el amor por cada poro de piel y que convertía el verbo “sonreir” en el primero del diccionario, aunque empezara por “s”). Fue en su habitación donde, sin saber biología, conocí “La Vida secreta de las plantas”, un bello experimento de Stevie Wonder que, desde entonces, es la banda sonora que le pongo inconscientemente a la naturaleza.

Toni, mi gran amigo Toni, siempre tenía la cinta de celo a punto para taparle los agujeros a cualquier cassette barato y convertirlo, made in nosotros mismos, en un conjunto (a veces poco) armonioso en el que cabían desde Suzi Quatro, a The Doors, los Beatles, Kool & the Gang, más Boney M. o lo que estuviera sonando en ese momento por la radio. El radiocassette de Toni daba para eso y para más. Ensayar los bailes de las fiestas del ABI del domingo por la tarde a partir de lo que escupía ese aparato doméstico se convirtió en una costumbre, a la que se añadía de vez en cuando “el Manolo”, porque donde caben dos siempre bailan tres.

Naturalmente, mi principal templo musical fue mi propia casa. El sitio donde se podían mezclar los coros del “Nabucco” de Verdi, por parte de mi madre, con el eterno Glenn Miller y su “In the Mood”, por parte de mi padre, sin que la belleza de ámbas piezas se viera afectada ni un ápice a pesar de sonar al mismo tiempo, mientras yo, en el silencio de la habitación, sin tener ni idea de inglés, iba transcribiendo fonéticamente y de forma transgresora y subversiva en una hoja de la agenda de La Salle la letra de una maravillosa “Fantasy”, de Earth, Wind & Fire, para que se quedara grabada en mi alma por los siglos de los siglos. Ahí sigue, saltando al escenario cada vez que, aunque sea de lejos, me llegan los acordes del grupo de Chicago.

Todo eso pasaba en mi barrio, en la Font Pudenta. Un barrio de trabajadores, obreros y operarios, de inmigrantes y gente sencilla. Un barrio que dejaba la ventana abierta y muchas radios encendidas para que la música acompañara el paso de sus habitantes, fueran por donde fueran y fueran quienes fueran. Pues si bien es cierto que todos los barrios tienen música, yo sigo pensando -puede que infantilmente- que, en nuestro caso, era la música la que tenía un barrio.



sábado, 9 de febrero de 2019

Día 17. Sardinas en un banco (aquel verano del 77)



-          “Anda, deja que me lo lleve una semana conmigo, mujer, que al chaval no le va a pasar nada…”
-          “…Ay…es que no sé…una semana…es mucho tiempo…¿y si tenéis un accidente o algo?”
-          “Qué no! Cómo vamos a tener un accidente con ese camión! Ya me gustaría a mí que corriera lo suficiente como para poder sufrir un poquillo en la carretera o para que se me hiciera más corto el camino!...además, iremos cargados de patatas la mitad del camino y de ladrillos la otra mitad, así que, correr, más bien poco!”

Supongo que algo parecido a esto fue la conversación que mantuvieron mi tío Mariano y su hermana, mi madre, hacia principios del mes de julio de 1977. Yo tenía 14 años más o menos recién estrenados, una melenilla embravecida a base de luchas fratricidas contra dos o tres remolinos del pelo y un montón de hormonas desatadas repartidas de forma desigual entre mi cuerpo, mi mente y mi alma. Como apoyo casi definitivo en mi favor para acompañar a mi tío alegué mis buenas notas. Poca cosa más podía presentar como argumento, así que para complementar la bien intencionada pero, a mi juicio, escasa fundamentación de su hermano, usé la técnica que mejor se me ha dado siempre: le dije a mi madre la verdad. “Mama, venga vaaa, déjame ir, que no he estado nunca en Madrid y quiero ver otros sitios!” “Ya has estado en Valencia… y en los Pirineos…y el mes que viene iremos a San Carlos de la Rápita de vacaciones” “Joder, esto está chungo”, pensé, y contrataqué: “Si me dejas ir, haré todo lo que me pidas en San Carlos. Me quedaré con las nenas cuando vayáis a la playa el papa y tú. Las cuidaré y vigilaré”. Evidentemente, no pensaba hacer tal cosa con mis hermanas pequeñas, pero eso ya lo arreglaría llegado el momento.

Funcionó. Lo sé porque cuando mi madre sonríe, todo funciona.


                                                               *****************


-          “Pon la bolsa ahí…no, ahí no, debajo de la litera”
-          “Vale…”
-          “Y no pongas los pies encima del salpicadero, eh?”
-          “Vale…”
-        "Esto que hay entre tú y yo es una parte del motor. Aquí dentro va a hacer un calor de           cagarse, así que procura no tocarlo con la mano, vale?”
-          “Vale…”
-          “Qué? Arrancamos?”
-          “Vale!”

Era mucho mejor de lo que me había imaginado. Un camionazo, muy alto, no recuerdo la marca, pero lo suficientemente grande como para vacilar con los amigos diciéndoles que tu tío era camionero “pero de los de tráiler, no de los que sólo llevan paquetes d’aquí p’allá”. De hecho, la conversación con los colegas aún no se había producido, pero yo ya la adelantaba reproduciéndola en mi cabeza mientras veía alejarse un pueblo gris embadurnado de propaganda política con la cabeza asomada por la ventanilla, el viento me peinaba y la alegría se metía por todas las rendijas del fuselaje del vehículo.

-          “Y puedo decirles cosas a las chicas desde aquí arriba?”
-          “Si son bonitas, sí”
-          “Hombre, no se lo voy a decir a las feas!”
-          “Y por qué no?”
-          “…”
-          “De todos modos, me refería a las cosas que quieras decir, no a las chicas, hombre: lo que      digas, sea lo que sea y sea a quién sea, tiene que ser bonito”
-          “…vale”

Así empezó un viaje que aún no ha terminado, que nunca terminará. Mi primer viaje serio. Un camión grande pero viejo, un conductor al que adoraba, aunque nunca se lo dije -porque los chicos de pueblo obrero no decíamos esas cosas- y un remolque que no llevaba miles de quilos de patatas, sino la ilusión almacenada de un chaval que no tenía ni idea de cómo, pero que intuía que aquel viaje le marcaría.

El primer destino fue Zaragoza. Descargamos las patatas en el almacén de un polígono industrial alejado del centro y cargamos en otra empresa ladrillos que teníamos que llevar a Madrid, para la construcción de un banco importante (creo que era el Urquijo, aunque no estoy seguro). Hubo problemas y lo que he explicado aquí en dos líneas, en realidad nos llevó casi dos días. La época era complicada y el papeleo y las gestiones, más. Aunque creo que el motivo real fue una huelga de esas que los sindicatos te montaban por cualquier motivo en un plis plas. A mí, esos retrasos me encantaban, pues otorgaban un plus de aventura al viaje. A mi tío le fastidiaban bastante, pues suponían gastos extras que cubría con su bolsillo y el incumplimiento de plazos. Aprovechamos para visitar la ciudad de Zaragoza, comer en sitios de camioneros y dormir en un hostal barato. Hacía un calor que deshacía el suelo y nublaba las ideas, pero yo no me quejaba. Cómo iba a hacerlo, los camioneros no se quejan y sus ayudantes, tampoco! De momento, no había rastro de chicas. Todo lo que rodeaba al camión era un mundo de hombres y las únicas chicas guapas que veía eran fotografías de calendario que otros camioneros colgaban en sus cabinas. Mi tío, no. El era especial. Para mí, más de 40 años después y habiendo ya traspasado al cielo de los buenos camioneros, lo sigue siendo.

Llegamos a Madrid de noche y fuimos directamente a la obra, para poder descargar de buena mañana los ladrillos que transportábamos. Nos instalamos (el verbo, dicho ahora, se me antoja incluso cómico, pues cualquier parecido con un “instalarse” actual es pura coincidencia) en la parte en la que supusimos que se necesitarían los ladrillos. Cerramos bien el camión y nos fuimos a cenar algo…o a intentarlo. Mi tío me dijo que aunque fuera de noche estábamos a casi 40 grados. No sé si era verdad, pero yo me lo creí, porque me sudaban hasta las suelas de las bambas. Estábamos por la zona de Legazpi, que en aquella época no era el barrio de Salamanca, precisamente (bueno, hoy tampoco) y, por mucho que andamos, no encontramos nada abierto. Por todas partes había pasquines y letreros políticos, con multitud de siglas, símbolos y mensajes…vamos, igual que en mi pueblo, pero más. Tenía todo el aspecto decadente que precede a un cambio radical o al deterioro total. Me dolía la barriga de hambre y estaba muy cansado por la paliza del viaje. Ya no sentía ni el calor, sólo tenía necesidad de echarme algo al estómago. Estaba cabreado con todo y el viaje empezaba a parecerme un rollazo cuando, de repente, mi tío me dijo que me sentara en un banco cercano, me dio dos latas enormes de sardinas en escabeche y un pedazo aún más grande de pan que llevaba metido en una especie de bolsa que no sé de dónde sacó. Se me quedó mirando, me sonrió y dijo: “Aquí tienes: un plato de ternera en salsa como los de la yaya María, una tortilla de patatas hecha por la ‘mama’ y una barra de pan del horno del Oliveres”. Yo miré tan suculento manjar y le contesté: “Pues tú te vas a joder, porque sólo vas a comer sardinas con pan seco!”. Nos echamos a reír, abrimos las dos latas y, de golpe, la magia de la noche nos señaló, nos guiñó el ojo como diciendo “estoy con vosotros” y todo fluyó. Ni me acuerdo de cómo volvimos al camión. Sólo sé que esa construcción enorme en obras se me antojó un hotel de lujo, iluminado por una luna que, de tan llena que estaba, parecía que nos iba a explotar encima. Como no podíamos dormir por el calor, nos quedamos en calzoncillos y nos metimos, primero uno, luego el otro, en el barreño de agua en el que los paletas limpiaban los ladrillos y las herramientas. En ese momento no había piscina en el mundo que pudiera superar nuestro jacuzzi particular. Al salir del barreño, sin secarnos, subimos al techo de la cabina (sí, sí, encima de la cabina), nos tapamos con sendas toallas previamente humedecidas en la ‘bañera del paleta’ y seguimos conversando. No recuerdo las palabras exactas, pero había un poco de todo: chicas, cole, mi equipo de baloncesto, mis padres, familia, los ‘yayos’, sus viajes con el camión, cualquier tema servía con tal de despistar al calor…hasta que él calló, encendió un pitillo y un rato después, mientras lo fumaba mirando la luna, dijo simplemente “Jordi, eres muy listo, no has salido a tu tío -sonrió-…pero lo que tienes que ser siempre es bueno, en cualquier circunstancia, pase lo que pase, debes ser bueno. Estudia mucho, trabaja y gana. Gasta lo justo y ahorra. Conoce a muchas chicas. Trátalas bien. Disfruta lo que puedas. Te irá bien en la vida…pero sobre todo, sé buena gente. No engañes, pero no te dejes engañar. Aprende a decir bien las cosas y procura que lo que digas sea bonito y sea verdad.”. Apagó el cigarro y poco a poco, el sueño y el calor nos ganaron la partida. Antes de cerrar los ojos del todo, volví a mirar la luna. Sabía que allí había pasado algo importante, simple, pero importante y quería ponerle un último rayo a esa historia, al lado de un hombre que, por lo general, no era muy dado a hacer discursos ni nada parecido, pero que aquel día dijo exactamente lo que tenía que decir para conseguir que un adolescente entendiera lo que debía entender.

Los años y mi profesión me han regalado posteriormente la posibilidad de hacer cientos de viajes, por un motivo u otro. Viajes que han oscilado entre lo correcto y lo genial…pero ninguno como aquella semana del verano de 1977. El verano en el que murió Elvis, el año en que los Bee Gees se metieron en el alma de mi generación con su Stayin’Alive y su How Deep is Your Love, el año en el que un país entero echó a andar, a trompicones y de forma un tanto desordenada, hacia una nueva época. Una época que nos traería modernidad, progreso, avance, que pintaría las grises paredes de mi pueblo de colores diferentes. Pero para mí, siempre será el año en el que fui feliz porque mi tío me enseñó, probablemente sin ser consciente de ello, qué debía hacer para serlo. Yo tan sólo tenía que seguir el ejemplo que me dio en un banco con dos latas de sardinas y las palabras que grabó en mi corazón en el techo de un camión, a la luz de la luna de Madrid, una calurosa noche de verano.

(Dedicado al “tíet Mariano”, DEP)

jueves, 29 de noviembre de 2018

Día 16. Héroe de agua


Recuerdo muy bien aquella mañana, aunque se desvanece la fecha exacta en esa bruma cotilla a la que llamamos memoria.

Mi madre, como cada día al levantarnos a mis hermanas y a mí para ir al colegio, tenía los tres desayunos preparados en la diminuta mesa de la cocina: rebanadas de pan, mantequilla y azúcar. No había para más...ni se requería, tampoco. Al empezar a comer la noté distinta y le pregunté qué le pasaba. Tenía los ojos hinchados. Al girarse hacia mí, soltó un par de lágrimas más y nos lo explicó. Yo tenía diez años entonces y en un momento maduré otros tantos, porque ese fue el día en que la Vida me presentó a sus dos hermanas menores: la Muerte mala y la Muerte bonita. En ese instante, algo en mí interior cambió en el tiempo en el que tarda una tostada de pan en enfriarse.

Pedro había ido de excursión con su colegio a ver el Parque Natural de Sant Miquel del Fai, sus saltos de agua, sus cuevas y su precioso entorno. Corría más o menos el año 1973. Tenía 14 años. Me puedo imaginar la algarabía de los chavales en el autobús, los cánticos, las permanentes -e inútiles- llamadas al orden de los profesores, las bromas chillonas y las inocentes risas, confidencias, críticas y comentarios de los estudiantes. Un día de excursión, en definitiva, era un día sin clase y eso, fuera cual fuera el destino, ya impelía al alma a sacar la mejor de sus sonrisas. Pedro, desde pequeño, se había caracterizado por tener en abundancia de ambas: alma y sonrisa. Siempre reía. Era lo que hoy llamaríamos "un chico popular" entre sus compañeros y, para no aburrir, tan sólo diré que aunaba en él casi todas la virtudes que una persona pueda tener. Hijo único y amado, sin esforzarse en absoluto conseguía que en su entorno se respirara ese amor cuando él estaba presente.

La mañana transcurría como era de prever: juegos, correrías, unos sentados por aquí, otros por allí, un pequeño grupo dándole al balón, otro apalancado en alguna roca dando buena cuenta de los bocadillos de rigor...hasta que, de repente, algo pasó. La dispersión de los chicos se fue deshaciendo y todos se empezaron a agrupar en torno al lugar de donde provenían los gritos de socorro. Alguien había caído, justo en ese espacio temible en el que el agua suelta que se desploma desde un saliente natural choca con rabia contra la del río, que parece esperar a aquella para hacerla desaparecer al momento en forma de vapor embravecido. El ruido ensordecedor de ese pequeño rincón de la naturaleza barcelonesa no evitó que Pedro, que se mantenía callado y atento, ajeno a los chillidos histéricos y asustados de los presentes, localizara por un instante a su compañero caído, que peleaba contra la corriente y se hundía sin remisión. Sin dudarlo un instante y ante la mirada incrédula del resto, se quitó los zapatos y se lanzó al agua. Consiguió asir el cuerpo casi inerte de su amigo, pero la fuerza de la corriente le impedía avanzar hacia algún apoyadero. En ese momento, el chófer del autobús llegó corriendo y, sin pensarlo dos veces, saltó al agua con la esperanza de ayudar a los dos chicos. Al cabo de un instante eterno, la clase gritó alegre al comprobar cómo el buen hombre lograba sacar al compañero que cayó inicialmente, pero fue atenuando el vocerío, transformándolo en silencio asustado, al no ver a Pedro por ningún lado. El chófer se tiró de nuevo, los compañeros gritaban desesperados y entre lágrimas el nombre de Pedro desde las rocas, con la vana esperanza de que su mera voluntad lo levantara de las aguas y, cual si de una escena bíblica se tratara, caminara sobre ellas hasta ellos...pero Pedro no salió. El chófer salvador, exhausto y destrozado de dolor, no había podido localizar su cuerpo. 

El resto de la escena se desarrolló como suele ser habitual en ese tipo de situaciones: llantos, policías, ambulancias, bomberos, más llantos, llamadas, pena, silencios, más pena...

A pesar de que durante más de una semana los buzos de la policía y de los bomberos rastrearon el río muchos kilómetros en dirección al mar, no consiguieron localizar el cuerpo, hasta que un día alguien dio el aviso de que había encontrado lo que podía ser una pista real. La corriente lo había arrastrado hacia abajo y una pierna quedó atrapada por una gran roca, a unos cuantos metros de profundidad, justo en el mismo sitio en el que su compañero fue salvado por el chófer. Vida y muerte separadas por pocos metros, vida y muerte en vertical. Desde ese momento, Pedro fue elevado a la categoría de "superhombre" por todos los que le conocimos. Y no tan sólo por haber intentado salvar a un compañero en condiciones extremas de peligrosidad, sino por haberlo hecho simplemente porque era lo que tenía que hacer, por pensar más en el necesitado que en sí mismo y por poner por delante del miedo, el valor.

Fue una muerte triste, sí...pero también fue una muerte bonita.

No recuerdo si ese día terminé el desayuno. Es más, no recuerdo nada más de ese día, aparte de esta historia. Sólo sé que, al ir hacia el colegio no levanté la cabeza del suelo durante todo el camino porque quería dedicarle toda mi atención a lo vivido y no quería que nada me distrajera de la emoción. Los niños miramos hacia abajo cuando la tristeza nos acompaña. A mis diez años, no conocía otra manera de homenajear a quién la había generado. Y así, mirando en formato de despiste cómo al avanzar iba dejando el suelo atrás, se fue alejando también un poco mi inocencia, hundida en parte en el fondo de un río, al lado de la sonrisa inmortal de un niño valiente.

Se llamaba Pedro Capellades. Ese día perdí un primo...pero gané un héroe.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Día 15. He aprendido


Hace casi un año que aparqué el teclado de este pequeño atril de vida. Hace casi un año que suspendí mi prosa en aras de una búsqueda más profunda de palabras que hablaran, no tan sólo que se leyeran. Estaba seco. Diversas fueron las circunstancias que me llevaron a tomar aquella decisión y no me arrepiento de haberlo hecho. Hoy, esas circunstancias siguen ahí, pues me conforman y moldean. Son personales, familiares, sociales, políticas, económicas, profesionales…en definitiva, un sumatorio poco ordenado de impactos emocionales de todo tipo. Pero algo ha cambiado durante este tiempo.

No sé cómo empezó todo. Puede que fuera el comprobar cómo las diferencias surgidas con algunos “amigos” a raíz de la situación social, política y económica de mi tierra, Cataluña, me llevaban al primer eslabón de una desazón creciente. No tanto porque me retiraran la palabra, me “bloquearan” en sus redes sociales o me insultaran ante terceros sin estar yo presente simplemente por pensar de forma distinta, no, no creo que fuera eso (ya que ese hecho les define a ellos, no a mí), fue más bien la tristeza de ver cómo el camino recorrido junto a muchos de ellos durante años no había servido para conocernos mejor, sino simplemente para estar juntos. Una especie de compañía de interés, sin que ninguna de las partes tuviera claro qué interés podía guiar nuestra relación, siendo fácil, por tanto, confundir esta con “amistad”. Yo, sin querer y de forma aparentemente inofensiva, participaba con mis escritos y mis opiniones del general desasosiego que se iba gestando (y que aún no ha desaparecido) y esa idea me inquietaba. Otro factor fue la necesidad casi física de empaparme de conocimientos bien planteados, analizados, estudiados, contrastados y correctamente escritos. Debo decir que el camino ha sido absolutamente fructuoso a tal efecto. He invertido muchísimas horas en maravillosas lecturas que han ampliado mi capacidad de razonamiento mucho más allá de lo que mi soberbia me impedía creer. La humildad socrática ha sido la única pista por la que he corrido esta carrera: sólo sé que no sé nada. Y sigo pensando lo mismo, pues tan sólo cuando te desprendes del “yo adquirido”, aparece el “yo inquirido” (si se me permite la expresión), ese que te lleva a hurgar en conocimientos ajenos para abastecer y ampliar los propios.

Sí, me fui, convencido de que cuando volviera lo haría sin dejarme imbuir por el vocerío que tanto caracteriza esta época: gritos de vanidad en forma de píxeles, jactancia encapsulada en peligrosas dosis de tuits, comentarios banales adornados con estúpidos memes o pretenciosos e incendiarios discursos lanzados por algunos salva-patrias desde la comodidad de un sueldito mensual atrapa-conciencias. Y creo haberlo conseguido. He recuperado la habilidad de “alejarme” emocionalmente cuando algo exige objetividad de análisis y criterio calmo para ofrecer una respuesta sincera. He aprendido de nuevo a saber frenar cuando la aceleración de los acontecimientos (auténtico mal de nuestra generación) parecía exigir un posicionamiento radical y extremista ante cualquier cuestión. He visitado espacios de mi conciencia que me eran ajenos por desconocidos, no por inexistentes. He recorrido ideas de terceros –puede que alguna de ellas sea tuya- con el mismo deleite que si hubieran sido por mí paridas. He amado más intensamente de lo muy intensamente que ya amaba. He recobrado la capacidad de ver luz en otras miradas. Me he abandonado a la fuerza del viento de la Razón para que empuje mi camino y a la brisa de la Emoción para que lo alegre. Un poco de todo esto -sin que fuera totalmente consciente de ello- es lo que buscaba y lo que he encontrado.

He participado de algunos debates seriamente expuestos y animosamente concurridos, que me han permitido recoger allí donde otros sembraron y por ello les estoy enormemente agradecido.

Ahora sé dónde estoy de una forma que antes tan sólo barruntaba y recojo a mano la cosecha de mi vida. Por todo ello, puedo alzar la voz para decir que valió la pena alejarme porque al hacerlo, he aprendido.

Si quieres acompañarme de nuevo, será un placer pasear a tu lado.

domingo, 15 de octubre de 2017

Día 14. Así soy

Si me preguntares de dónde soy, te contestaría “soy europeo, nacido en Barcelona, capital de mi Mediterráneo”. Llevo en mí los nombres de una amante de Zeus, de una ciudad a la belleza rendida y de un mar que juega con el Sol. Paseo por la vida sonriendo (pues en la sonrisa yacen los secretos de la felicidad y las respuestas a toda duda), lloro con tu pesar, vibro con tu crecer y me aferro con fuerza a la belleza y a la verdad ante cualquier desatino. A veces me miento al no querer mentir, pues debiera, mas no puedo. Tengo a la sabiduría como musa de vida, se manifieste o no, pues su mera búsqueda alimenta mi deseo de seguir apelando a ella, y con eso me basta. Soy limitado en mil funciones, torpe en otros tantos procederes, convulso en mis emociones y simple en sus interpretaciones. Tengo pocas virtudes, pero las cuido con esmero, pues siempre supe que era preferible regar con verdad y perseverancia la autoestima de ellas derivada, que sembrar capacidades múltiples de fácil elogio y rápido olvido. Acuño como preciado tesoro la palabra ajena que dice, la boca que expresa, el corazón que manifiesta. Procuro vivir a costa de instantes, no planteo futuros ni me anclo en pasados. Intento recoger las migajas de felicidad que cada día se filtran por las grietas de un mundo que se va torciendo poco a poco. Soy un realista de alma utópica, un pragmático de corazón romántico, un sentimental de orgullo henchido que se altera sobremanera con la mediocridad, la vulgaridad, la deshonestidad y con todo ser que anteponga una bandera a una verdad. Amo la pasión, la propia y la ajena. Me ilumino con el brillo de unos ojos sinceros y de un proceder noble. La música me eleva, me seduce, me reconforta con la vida, me besa el alma. Pero por encima de todo esto, amo. Busco en ese verbo, y encuentro, el placer supremo, la respuesta a todas las preguntas, el origen de la vida, su devenir. No hay otro camino. Me refiero al amor que subyace, inhóspito, en cada uno y que tapamos con las vacuas y fútiles situaciones a las que la vida nos empuja, no al amor romántico (que también) que nos es regalado a veces, aunque –también a veces- dure siempre. Expreso con amar la voluntad de crecer a costa de entenderte, de comprenderte, de recoger el testigo de tus preocupaciones y devolvértelo limpio, recuperado, sanado. Expreso con amar el deseo de que tú hagas lo mismo conmigo, con cualquiera.

Sí, amo…pero también sufro. Sufro con la preocupación, con la mentira, con el odio, con las fronteras, con la ignorancia. Me resultan insoportables la infamia, la palabrería vana, la radicalidad y el diálogo mudo. Desconfío de lo oficial y me bato en retirada cuando por mi horizonte asoman apóstoles de cualquier “verdad única”. No me gusta lo perfecto, pues lo considero anacrónico, antinatural, impostado. El mundo, la naturaleza, la vida, tú, yo, somos básicamente imperfectos y en esa imperfección nos movemos, compartimos, somos.

Así soy, del país de mí mismo, del tuyo, del de todos, pues a todos los que me precedieron les debo la oportunidad de poder repetir, orgulloso, que estoy hecho del nombre de una amante de Zeus, de una ciudad coqueta y bella y del de un amigo del Sol. 

No me identifico con ninguna otra territorialidad, por mil argumentos que me la acerquen.


sábado, 22 de abril de 2017

Día 13. Dos rayos en una flor

Partieron todos los suyos. Traspasaron ese umbral del que nunca hablamos en primera persona...ya lo harán otros cuando no podamos hablar más. Se quedó solo. Nunca tuvo esposa, ni hijos, ni nietos a los que malcriar y, si bien disfrutó alguna vez del cálido abrazo de buenas y entregadas mujeres que vinieron a salpimentar su asumida rutina, no tuvo en ningún momento la más mínima intención de saltarse su único credo: pasar desapercibido.  Simplemente ser y estar. Nada más. Porque esa invisibilidad le permitía observar sin ser observado. Narrar para sus adentros historias inventadas de un mundo que le rodeaba sin apenas tocarlo. Aspiraba a morir difuminándose, y que su desaparición se llevara –de igual forma- todas sus pertenencias: su pequeño apartamento, su vieja maleta y su foto. Su única foto. La que le hizo aquél día…

Nadie recordaba en el pueblo cuándo había llegado, ni de dónde venía y, si bien le reconocían formas amables en el trato, era este tan escaso que, con el tiempo, olvidaron que en el tercer piso del viejo edificio de aquella calle vivía Arturo, el ebanista. La herencia que recibió de una tía-abuela soltera a la que casi nunca vio le permitió dejar el oficio y vivir sin lujos, pero sin aprietos.

Su vida transcurría entre largos paseos por Barcelona, la lectura en la soledad de su hogar y los escritos que, día sí y día también, se obligaba a inventar para alimentar el alma de poeta que siempre quiso creer que tenía. No echaba de menos nada ni a nadie…excepto a ella. Un pinchazo de dolor en color sepia le venía a menudo cuando la mente y el corazón se la recordaban. Luz, se llamaba. Se conocieron de forma casual un 23 de abril, entre miles y miles de personas y millones de libros y flores. Fueron a coger al mismo tiempo un libro en concreto (una versión de bolsillo de Los Cachorros, de Mario Vargas Llosa), sin querer, sus manos se tocaron, pero más lo hicieron sus miradas y, a partir de aquel momento, sus vidas. Le regalaron al mundo diez meses de felicidad absoluta, hasta aquella mañana en la que la maldita moto acabó con todo. Tan sólo le había hecho una foto…y fue a las dos horas de conocerse, rodeados de rosas de mil colores.

Cada 23 de abril despertaba al alba. Lo hacía lentamente, casi con parsimonia, como intentando retener al máximo un tiempo con el que pactó hacía mucho convivir y poca cosa más. Leía algo, una ducha de agua fría, un café en el momento y un termo para llevar, un par de bocadillos, una botella grande de agua, la maleta y la foto, tal era su bagaje para empezar el día. Salía por el portal cuando apenas la vida empezaba a desperezarse. Subía al primer tren que iba al centro de la gran ciudad y allí buscaba un buen banco, en el que se quedaba hasta que, pasadas un par de horas, como si fueran laboriosas hormigas sonrientes, iban apareciendo aquí y allá personas que se afanaban en montar los puestecitos de flores y libros. Le gustaba ser de los primeros en absorber el aroma con el que se vestía el aire y acariciar las tapas de algunos libros, como buscando en ellas las huellas de aquella mano que un día encontró…

Y así, paso a paso, libro a libro, flor a flor, se le iba yendo el día…hasta que encontró el lugar y el momento que buscaba. A las doce en punto del mediodía, al pie de uno de los árboles de la Rambla de Catalunya, casi en la esquina con la calle Provenza, compró la rosa más roja que encontró, abrió la maleta, sacó con dulzura extrema la foto de Luz, la colocó encima de un ejemplar de Cartas a Gabriela, de Pablo Neruda, posó la rosa en él, se sentó a su lado y así, cual si Pablo, Luz y él compartieran en medio del mundo un estado único, etéreo, infinito, le dedicó la flor (“a ti mi flor, a ti mi vida, a ti mi silencio y mi llanto, mi noche y mi día, a ti, mi Luz, mi voz, mi palabra y mi adiós”), cerró los ojos lentamente, sonrió por última vez y se difuminó.

Algunos creen ver, cada 23 de abril, al mediodía, al pie de un árbol de una esquina de la Rambla de Catalunya, dos rayos de sol en una flor.

(Feliz Día de Sant Jordi. Feliz Día de la rosa y el libro)


miércoles, 22 de marzo de 2017

Día 12. ¡Somos!


Un día fui pretencioso y la Diosa Escritura atajó de golpe mi orgullo. Si en algún momento creí, hace ya mucho, que la vida me había dotado de una cierta habilidad para escribir (o si la había adquirido yo, siendo indistinto tanto lo uno como lo otro), dicha creencia quedó huérfana de argumento cuando intenté volcar en el teclado la historia ficticia de Lunpe, un adolescente marcado por la desgracia de haber sido espectador principal de la muerte violenta de su hermano mayor, allá por los años de la Transición. Me quedé encallado. Una y otra vez mis dedos se daban de bruces contra una evidencia que se iba manifestando lentamente, de forma incómoda al principio, frustrante después: la de que no tengo la capacidad de hilvanar una historia inventada más allá de unas pocas páginas, por carecer del don de la creatividad imaginativa. Así pues, desde hace un tiempo, Lunpe añade a su ya de por sí traumática adolescencia, el hecho de haber sido apartado sin contemplaciones a un cajón virtual o, lo que es lo mismo, a un archivo de mi ordenador. Olvidado. Un personaje sin historia, una historia sin cuerpo ni final. Una no-historia más.

Mi vanidad se recolocó, aprendió la lección, mutó en sincera humildad y convino en darme una explicación que mitigó la desazón que había provocado la forzada asunción de mi escasa solvencia literaria: no sabía escribir historias de ficción porque no debía escribir historias de ficción. Ya fuera por intuición o por compensación, supe al momento que para lo que sí estoy preparado es para describir emociones, sentimientos de papel generados a partir de experiencias reales, pasiones vitales propias o ajenas que, aunque no las veamos o no las queramos ver, están siempre ahí, diseñándonos por dentro y por fuera, porque de ellas estamos hechos y por ellas seguimos avanzando por la Vida, a pesar de todo. Somos minúsculas flores salvajes crecidas desordenadamente en la cuneta de una pequeña curva del Universo llamada Tierra, abonadas por la aleatoriedad de incomprensibles procesos biológicos mil-milenarios…¡pero “somos”!, y eso es lo que nos convierte en especiales. Reímos y lloramos porque “somos”. Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos, porque “somos”. Leemos, escribimos, paseamos, meditamos, entendemos y nos sorprendemos, porque “somos”. Disfrutamos, sufrimos, odiamos, peleamos y reconciliamos, porque “somos”.

Amamos porque “somos” y “somos” porque amamos…y esa es, para este aspirante a simple relator, la auténtica esencia de esa pequeña flor de cuneta universal que responde al nombre de Ser Humano.


Descartes estaba equivocado, no existimos porque pensamos, existimos porque sentimos.

sábado, 28 de enero de 2017

Día 11. Mi tiempo habla (y lo ha hecho sobre el "procés")

Nunca ha sido un único espejo herramienta eficaz para reflejar un cuerpo entero. Tampoco lo es con la vida. Es el tiempo el único que devuelve la imagen completa, perfecta, nítida, prístina de nuestro evolucionar.

Mi tiempo habla. Lo hace sin cesar, susurrando cómo vencer los miedos, contener el orgullo o aprovechar los momentos. También dicta, letra a letra, sílaba a sílaba, palabra a palabra lo que no me gusta y, a pesar de que me aconseja vocearlo por doquier, a menudo callo, porque la cobardía (“prudencia” la llaman algunos) mora en mí desde siempre. Reprimo mis ideas condicionado por un triste “es que, y si...?”. “Prudencia social” e “inteligencia conservadora” es como se ha rebautizado al miedo, tuneando horteramente su auténtica faz. Y entre prudencias y pseudo-inteligencias se va apagando mi yo. Y entre esques e ysis se va resquebrajando el espejo, yéndose el tiempo y quebrando el alma, por no haber voceado antes lo que él dictaba y yo mismo escribía con su tinta. Y entre esques e ysis se va diluyendo también la potencia de la otrora alegre voz de mi dignidad y valentía.

Pero se acabó. Ya no más esques ni más ysis, no más prudencias contenidas! Quiero que este escrito sea un ejemplo de ello, tratando un tema de esos que no acostumbro a traer a este atril de escritura emocional y sentimientos diversos.  Quiero hablar de Cataluña, de mi Cataluña, de mi tierra, de mi gente, de mi historia y del “procés”.

No soy independentista, nunca lo he sido (también es cierto que no había debate en mi entorno sobre la necesidad de serlo porque a muy poca gente se le pasaba por la cabeza la separación radical de España). Soy interdependentista y universalista. Me siento más cómodo en grupos grandes que en grupúsculos pequeños siendo, no obstante, que no tengo problemas de adaptación ni en los unos ni en los otros. Mi casa nunca ha sido un foco de polémica política, más allá de criticar o alabar las actuaciones que los sucesivos gobiernos han llevado a cabo durante los últimos 53 años, que son los que tengo. De mis cuatro abuelos, tres eran catalanes de nacimiento, al igual que sus padres y sus abuelos. La cuarta era aragonesa, tierra a la que, por ese simple hecho, me siento absolutamente unido. Mi abuelo era transportista de una conocida marca de cava, lo cual le llevaba a recorrer Cataluña, parte de España y, sobretodo, Francia durante muchos meses al año. He viajado por una buena parte del mundo, así que supongo que entre mi abuelo y mis viajes se me desarrolló el gen de europeísta convencido y universalista apasionado. Tengo íntimos amigos en Andalucía y en Madrid, de esos que siempre te acompañan aunque nunca veas. Canarias me ha regalado amor en forma de pareja y más amigos, en tal medida, que necesitaría dos vidas para compensar lo que me aportan. He visitado todas las comunidades de España, excepto Extremadura (deseando ir estoy, por cierto) y en todas ellas he sido feliz. Amo España. Así, tal cual, sin ambages, sin eufemismos, sin circunloquios. Y es un amor incondicional a su lengua, a su historia, a sus pueblos, a sus ciudades, a su rico patrimonio y a su prolija cultura, pero sobretodo es querencia por sus gentes, que considero mi gente. No puedo sentir lo mismo, no obstante, por sus estructuras políticas ni sus gobiernos (ni los unos, ni los otros, que esto no va de colores); y por “estructuras políticas” entiendo las de “allí” y las de “aquí”. Y a todo lector que sienta la tendencia a afirmar, después de leerme, que soy un “unionista”, le diré que saque inmediatamente esa idea de su cabeza, porque no acepto ese calificativo. Ni separatista ni unionista, en todo caso “gentista”. No me llaman las fronteras, aunque entiendo la lógica de su existencia -tal y como están las cosas- como un mal necesario. No me ponen las banderas ni los himnos –ni los que tienen letra ni los que no-, aunque valoro la importancia de su simbolismo. Los mástiles más bonitos que conozco son los que sostienen una bandera blanca, una con una cruz roja en su centro y una multicolor que representa a gente de todas partes optando por luchar contra los convencionalismos desde su opción sexual. Creo en el Himno a la Alegría, en la música como vínculo irreemplazable de solidaridad humana, en la inteligencia y el esfuerzo, en las lágrimas sinceras de un padre angustiado, en la inocencia de los niños, en la sonrisa cómplice de un amigo, en el amor incondicional de una madre, en el alma de los animales, en la fuerza de la voluntad y en la potencia de los sueños, creo en la belleza no sujeta exclusivamente a moldes estéticos, amo la fealdad y la imperfección cuando esconden bondad en su interior, creo en la duda y la razón, en la emoción, en la palabra que construye, en la sinceridad y en la virtud. Creo en ti, chinija. No creo en procesos de separación que se aprovechan de las esperanzadas e inocentes emociones de los ciudadanos. No creo en estrategias de ruptura que adaptan argumentos inventados, modelando realidades inexistentes, para diseñar un escenario utópico que únicamente beneficia a quién lo propugna. Ahora bien, creo absolutamente en la libertad de pensamiento y de expresión, en la bondad ideológica de aquel que considera que la única vía para mejorar es separarse de lo que entiende que es una rémora para su avance. Nunca encontrarán estos en mí a un opositor ideológico, porque me interesa más su confianza en una idea, que la idea en sí. De la misma forma pero en sentido contrario, nunca aceptaré, de ninguna manera, que nadie se atribuya el papel de “repartidor de autenticidades” conmigo, poniendo en duda mi catalanidad por no estar a favor de la separación del estado español, porque poca gente ama como yo mi tierra, que es la de mis padres y la de mis hijos, la que me vio nacer y la que programó la base de lo que soy. Pienso en catalán, escribo en catalán y sueño en catalán y, aunque ame en castellano (por ponerle un idioma al amor), mi corazón se adapta a cualquier lengua cuando aquello que lo cautiva lo merece. Porque así entiendo yo los idiomas, las historias, las culturas y los territorios: simples espacios de comunicación emocional e inter-personal que persiguen -quizás sin saberlo- un único objetivo, el de compartir para seguir creciendo. Y ese crecimiento, nunca puede darse desde la ruptura, sino desde la colaboración, cueste lo que cueste y lleve el tiempo que lleve.

Nota final: Si has llegado hasta aquí, debes saber que lo que para ti ha sido una simple lectura (que te agradezco infinitamente), para mí puede ser fuente de inconvenientes en algunos ámbitos (el profesional entre ellos), pues desgraciadamente no es esta época de mentes abiertas y corazones comprensivos, sino más bien de cerrazón intransigente y mediocridad social. Aun así, opto por mostrarme por completo, por abrirme al mundo, para que el espejo que debe reflejar todo mi “yo”, es decir, mi tiempo, pueda mirarme orgulloso cuando me susurre de nuevo: “Tranquilo, no temas, debías hacerlo”.



lunes, 2 de enero de 2017

Día 10. Feliz 2017 (no podía ser de otra manera)

Mi primera decisión “madura” -siendo este adjetivo sinónimo de pensada, consciente, propia, decidida y autogratificante- fue a los 13 años recién cumplidos. En un viaje familiar a una playa cercana, de vuelta a casa, con la cabeza fuera de la ventanilla del coche, el cuerpo libre de un cinturón de seguridad que por aquel entonces ni existía, gozando del fuerte viento que secaba al momento un pelo corto cruzado por rebeldes “remolinos” imposibles de someter a la férrea dictadura del peine, los ojos cerrados y una sonrisa delatora que avanzaba lo que iba a suceder en breves instantes, pasó: de repente supe que se había acabado aceptar por las buenas los siempre bienintencionados consejos de mis padres, acumular memorísticamente las enseñanzas de mis profesores sin someterlas a una criba de mínimo criterio y conformarme con los impactos que la vida me mandaba en forma de emociones permanentes durante todo el día sin sacarles todo el provecho posible a las mismas.

De cómo llegué a esta conclusión pseudo-freudiana en dos segundos cuando en realidad lo único que yo quería era peinarme con la raya al lado aprovechando el cálido viento veraniego que generaba la velocidad del coche y por qué la primera concreción práctica de tales pensamientos fue decirle a mi madre al llegar a casa, absolutamente convencido, que me iba a dejar el pelo largo, que quería unos pantalones “de piel de melocotón y pata de elefante”, una camisa de cuadros y unas gafas de sol “con el cristal amarillo”, no tengo ni la más remota idea (algún día tengo que analizar mi subconsciente primigenio a fondo). En todo caso, la cosa fue así, tal y como la acabo de contar. A partir de ese momento, siempre recuerdo haber pensado por mí mismo, haber sacado mis propias (y a menudo erróneas) conclusiones y no haberme dejado embaucar -conscientemente, por lo menos- por palabrería ajena.

El caso es que, mientras mi madre hurgaba en mercadillos de pueblo la posibilidad de corresponder a los extraños deseos textiles de su hijo sin que menguara excesivamente la ya de por sí ajustada economía familiar, yo descubrí por casa toda una colección de libros extraños, de los  que sólo tenían letras (hasta entonces, mi universo editorial se ceñía a cómics, tebeos y, de vez en cuando, a las aventuras de los libros de Enid Blyton). Dicha colección tenía  títulos parecidos a “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas”, “Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida”, “Cómo hablar eficazmente”, y algunos más. Los había escrito un tal Dale Carnegie y formaban parte de un cursillo al que había asistido mi padre por motivos profesionales –aunque a él no le hiciera falta porque llevaba incorporadas de serie las enseñanzas que de ellos se desprendían-.  Durante un par de años me los leí todos aprovechando el silencio y la íntima tranquilidad de muchas noches. Creo que ese fue mi primer acto de madurez recién concebida, realizado más por “parecer grande” que por serlo, obviamente. Con el tiempo, no obstante, me ha ido bien ubicar exactamente el momento en el que mi “yo” empezó a funcionar como tal. Tenía éxito en los estudios; hacía deporte; era un buen chaval; gozaba de la estima y el respeto de mi entorno inmediato; de los once años que pasé estudiando en el colegio, creo que unos siete u ocho mi clase me votó como “mejor compañero”; estaba ávido de conocimientos y –aunque los adquiría de forma desordenada e impulsiva- encontraba siempre fórmulas para aplacar mi sed de entender. En casa no sobraba nada, pero a base de mucho esfuerzo, tampoco faltaba. Era feliz. Llené los niveles de vanidad que todos –consciente o inconscientemente- buscamos completar justo cuando debía hacerlo, de tal forma que nunca después, nunca, he necesitado actuar movido por esa necesidad, lo cual ha ido consolidando mi principal tesoro: mi libertad de criterio y pensamiento. Y estoy convencido de que todo esto pasó porque una tarde de verano decidí ser yo mismo mientras la naturaleza, en forma de aire cálido, acariciaba mi pelo y mi cara, y mi cerebro procesó aquella sensación como un impulso a la mayor (y mejor) decisión de mi vida: voy a ser yo.

Por ello, justo cuando empieza un nuevo año, los propósitos toman forma casi de karma místico y, por algún extraño motivo, sentimos que el mero hecho de añadir un dígito al calendario, nos otorga el poder sobrenatural de la máxima esperanza en nuestras posibilidades, sólo tengo un deseo para ti, que me dedicas unos minutos: lee, averigua, escudriña, discute, debate, pregunta, vuelve a leer, duda, afirma, concluye, contrasta, observa, vuelve a dudar, plantea, confirma, asimila o rechaza, para poder ser, ante todo y ante todos, la mejor versión de ti mismo.

Feliz 2017!

Pd: Finalmente nunca me compraron el pantalón, ni la camisa a cuadros, ni las gafas de cristal amarillo. Supongo que fue mi primera lección como “adulto”: por mucho que pienses por ti mismo, una madre sabe mejor que tú lo que te conviene!



miércoles, 14 de diciembre de 2016

Día 9. "E lucevan le stelle", una anécdota en el Teatro Bolshoi de Moscú

Al principio no me di cuenta, entusiasmado como estaba por el mero hecho de poder pasear por el sacrosanto vestíbulo del Teatro Bolshoi de Moscú, al que identificaba con un universo de cultura sublime, excelsas sesiones de ballet y coros de voz celestial.

Corrían los últimos años de la década de los 90 del siglo pasado, Moscú no sólo era una gran ciudad, era un organismo vivo en proceso de evolución permanente, que se volcaba en la recuperación forzada de un pasado esplendoroso. Para mí, ese pasado tenía el halo de atrayente misterio que el desconocimiento y la ignorancia otorgan de vez en cuando, magnificándolo, a lugares, personas y cosas. Su gente, sus edificios, sus avenidas e, incluso, sus escaparates –en aquella época, a menudo casi vacíos de productos- me atraían poderosamente, me subyugaban, pareciéndome algo así como la más bella escenografía para una triste película en blanco y negro. Pero no pensaba en nada de eso mientras aguardaba en ese templo musical, ni tampoco –mucho menos- en los motivos profesionales que me habían llevado unos días, nuevamente, a esa metrópoli. De hecho, no pensaba en nada, simplemente me dejaba llevar por el momento y la emoción suprema que la ocasión me brindaba cuando, ya en la cola de entrada a los palcos correspondientes, algo llamó mi atención y la de mis compañeros de sesión: un murmullo corría entre los allí presentes, mezclándose con un lamento leve que, como si pretendiera adaptarse acompasadamente a un movimiento sinfónico, iba in crescendo hasta llegar a ser perfectamente perceptible por todos. Fue entonces cuando me fijé en ella.

En otro tiempo debió de ser una bella mujer: alta, de porte elegante y vívidos ojos claros. Intentaba sobrellevar su evidente falta de recursos –su sencillo vestido de verano en pleno mes de marzo la delataba- con una dignidad que le nacía con naturalidad, como si en la vida no hubiera más opción que ser digno sí o también. Bien pudiera haber sido, en sus tiempos, una famosa bailarina o una insigne profesora de piano, la nota de una partitura de Tchaikovsky o la protagonista de un libro de Tolstoi, tal era su atemporalidad, aunque, no sé por qué, yo la identifiqué con una extemporánea duquesa zarista salida de un cuadro del Museo del Hermitage. Llegó sola al teatro, con la intención de disfrutar de una de las más bellas óperas que se han escrito: Tosca, de Giacomo Puccini que, con un cartel del más alto nivel, era el espectáculo que se iba a representar al cabo de unos minutos. La duquesa adornaba el vestido, su canosa –pero abundante- cabellera recogida y el brillo natural de sus labios con un abrigo largo que había conocido mejores tiempos. Unos zapatos sencillos, que adiviné demasiado grandes para sus nobles pies, completaban el dibujo de una figura aún grácil para su avanzada edad.

Todo sucedió muy deprisa. La duquesa intentaba entrar sin pagar, buscando anonimato  entre la gente que esperaba ansiosa acomodarse en su asiento. Alguien se dio cuenta, avisó a los guardias de seguridad,  que inmediatamente la retuvieron, intentando dirigirla hacia la salida con una innecesaria  y a todas luces excesiva demostración de fuerza. La casualidad hizo que el momento del apresamiento se produjera justo delante de mí. Aún hoy recuerdo su mirada al cruzarse con la mía y sus gritos al intentar zafarse de los guardias. Con una voz débil de puro lamento y lágrimas de impotencia en sus ojos, no dejaba de repetir algo en ruso que no entendí mientras la arrastraban hacia la puerta, vencida, humillada, dominada. Un compañero me tradujo lo que duquesa decía mientras la alejaban de nosotros: “No me queda nada! No me quitéis también la ópera! No me dejéis sin música!!”. Al cabo de unos minutos todo volvía a estar igual que antes de ese episodio, uno de los más tristes que he vivido.

A partir de ese momento, Tosca y duquesa se fueron mezclando en mi cabeza durante la puesta en escena de la obra, como si estuvieran unidas, hasta que, en el tercer acto, cuando el teatro entero enmudeció más allá del silencio preparándose para  deleitarse con el aria “E lucevan le stelle”, duquesa volvió de nuevo. Su figura se paseó por un escenario imaginario, subió al cielo de la cultura, se sentó en una estrella y el tenor le dedicó su tema. Por lo menos así lo sentí durante un instante, el que se produce entre la entrada de la música y la primera nota del cantante. Me reconfortó pensar que el aria iba dedicada a ella, aunque no se enterara.

Al cabo de un par de horas, al salir, y gracias al maravilloso espectáculo vivido, parecía que la vida seguía su curso:  Moscú nos acogía escasa de luz, la nieve de la pequeña plaza donde se ubica el Bolshoi estaba sucia debido a la polución del día, la noche era oscura y cerrada y los cigarros se iban encendiendo uno tras otro en el grupo, mientras alabábamos los detalles de la obra que acabábamos de ver. De repente, aún excitado por la experiencia vivida, me fijé en una esquina de la plaza. En ella estaba duquesa, pero nada tenía que ver aquella figura aterida de frío con la que un rato antes había entrado en su teatro dispuesta  a emocionarse con Puccini. Me acerqué a ella, me miró sin verme, bajó la cabeza. Instintivamente, saqué todos los rublos que llevaba en mi cartera y se los di, en un gesto del que me arrepentiré siempre, pues no se paga la dignidad pisada con dinero, por mucha caridad que lo acompañe. Ella lo agradeció mecánicamente y volvió a bajar la cabeza. Cuando ya me iba, recordé que había guardado en el bolsillo el programa de la velada. Lo bajé hasta la altura de sus ojos para que lo viera y, al hacerlo, a duquesa se le volvió a iluminar la mirada, se olvidó del frío y me observó, su sonrisa me preguntaba si eso era para ella. Asentí y se lo di. Ella lo acarició, lo abrió y me dijo en su idioma “muchas gracias!”. Apagué mi cigarro, di media vuelta y me alejé en dirección a mis compañeros, que ya iniciaban el camino de regreso al hotel.

No dije nada a nadie, de hecho, nadie se dio cuenta de lo que acababa de pasar. A ojos de un tercero, ese minuto le hubiera parecido un loable acto de altruismo con una mendiga necesitada de dinero y nada más. Para mí, en cambio, supuso remendar en parte el corazón roto de una noble duquesa que nunca pudo oír cómo, bajo el cielo de Moscú, Giacomo Puccini hizo que las estrellas brillaran para ella.



martes, 29 de noviembre de 2016

Día 8. Hoy, declaro

Yo, Jordi Blanch Capellades, mayor de edad, vecino del mundo, compañero de mis limitaciones, crédulo irremediable, bufón de mis ocurrencias, señor de mis ideas, dueño de mis palabras, amante de mis silencios y discípulo de mis sueños,

DECLARO:

Que nunca la mediocridad dominará mi vida, antes bien, será la búsqueda de la verdad, de la sabiduría y de la belleza lo que guiará mis pasos en ella.

Que nunca consideraré verdad, mi verdad, sabiduría, mi conocimiento, y belleza, lo puramente estético. Pues nada hay mío, ya que me alimento de todo y de todos recibo.

Que la alegría será reina de mis escasas virtudes y la mesura, consejera de mis muchos defectos, de tal forma que brillen las primeras y vivan calmos los segundos. Y siendo que de todo ello estoy formado y a nada renuncio, me exijo responder con sonrisas las afrentas, con educación los insultos y con inteligencia las bajezas.

Que las emociones dictarán mi día al despertar y prepararán mi sueño al reposar.

Que mi mente pondré al servicio de mi corazón y este al de la emoción, pues nada somos si no lloramos cuando queremos llorar, no reímos cuando queremos reír, no bailamos cuando queremos bailar y no besamos cuando queremos besar, pero menos seremos aún si no lloramos, reímos, bailamos y besamos cuando nada aconseje llorar, reír, bailar o besar.

Que amaré siempre por encima de mis posibilidades, porque hacerlo por debajo no es amar, es empezar a olvidar antes de tener algo que recordar.

Que seré contundente en el reclamo, ávido en la exigencia y persistente en los propósitos, más no pondré nunca, en ningún caso, mi alegría como rehén del cumplimiento de mis objetivos.

Que colaboraré con mi cuerpo en su cuidado, pero no me obsesionaré ni con el uno ni con lo otro, no fuera que acabara dominado por mí mismo contra mi voluntad.

Que ayudaré al prójimo en lo que pueda. No tanto porque sea virtud cristiana, sino porque la entiendo como virtud humana.

Que viajaré por el mundo para confirmar que en cualquier parte el aire es el mismo que todos respiramos; que los árboles crecen hacia arriba en el norte y en el sur; que el sol podrá acariciar o sofocar, pero sale para todos; que las personas son básicamente buenas aquí y allí; que todos los ríos tienen su mar y que no todos ellos son de agua; que no hay ninguna planta que le haga daño al ser humano, pero sí al contrario; que los animales olvidan pronto sus cuitas y que el hombre nació para ser libre y feliz, a pesar de él mismo.

Que no atenderé a aquellos que no sumen, que no aporten, que no concedan a mi vida aunque sólo sea un átomo de felicidad, de alegría, de conocimiento o de sana inteligencia, pues he aprendido que no es bueno ni pasar, ni pasear al lado de quién se instala en la desgana, en la cobardía, en la vagancia y en la falsa modestia. A esos disminuidos emocionales por voluntad propia los quiero lejos de mí.

Que seguiré amando la lectura porque llena de tiempo mis momentos y de palabras mis silencios.

Que lucharé con ideas contra las ideologías que pretendan pisar aquellas y con el puño contra los autoritarismos que quieran acallar esa lucha.

Que no me quejaré sin motivo, mas no me permitiré una vida sin motivos de queja, pues lo contrario sería aceptar que todo en ella es perfecto y me engañaría.

Que brindaré con cava cada vez que, por causa de la edad, mi cuerpo se rebele contra mí, pues será signo ineludible de que voy cumpliendo con todo lo anterior…y sigo adelante.

La cual declaro a los efectos oportunos (e inoportunos, si fuere preciso para cumplirlos) en Las Palmas de Gran Canaria, el día 29 de Noviembre de 2016.



viernes, 11 de noviembre de 2016

Día 7. Líderes de piel y alma

Procura este espacio de pensamiento íntimo y sentimientos varios no acuñar respuestas fútiles a situaciones vanas y, por ello, huye de todo acercamiento a una realidad diaria que ataca con armas de insensibilidad mi forma de ver las cosas, mi mundo. Podría decirse que, siendo como soy un ente social compuesto por una considerable capacidad para la empatía y la relación interpersonal, no acepto de buen grado que esa socialización se cuele sin avisar por las rendijas de este blog. Pero, de vez en cuando, las brumas de un mundo que se me antoja cada vez más mediocre, banal, simplón y perdido, consiguen traspasar este medio y se pasean por él. Cuando eso pasa, intento recordar a Leonard Cohen: “hay una grieta en todo, así es como entra la luz…”. Hoy es el caso, y busco esa luz.

Hubo una época en la que Atenas tuvo un gran dirigente, Pericles. Alguien que era capaz de dirigirse al pueblo y adornar el aire con palabras como estas: “Pues amamos la belleza con anhelo y el saber sin relajación, y usamos la riqueza más como ocasión de obrar que como jactancia de palabra. Y el reconocer que se es pobre no es vergüenza para nadie, sino que el no querer evitarlo, eso sí que es más vergonzoso”. Con el paso del tiempo, la vida colectiva ha regalado al ser humano, de vez en cuando, hombres y mujeres que han engrandecido la noble tarea de hacer política para y por el pueblo. Pero ese pueblo, a medida que crecía, se acomodaba, envilecía y acumulaba para sí excedentes materiales de dudoso valor vital, iba apartando a todo aquel que pretendía mantener viva la llama del liderazgo moral y de la ética universal como atributos a defender por encima de todas las cosas, cediendo su voluntad (y necesidad no consciente) a personajes que alimentaban con ideas vacuas y emociones primarias el alma comunitaria. El ser humano se abandona a sí mismo cada vez que respalda con su ignorancia a líderes de plástico, midas de focos y alfombra roja que copan de odio mentes ávidas de rencor o, aún peor, de desesperación. Esta semana ha pasado en Estados Unidos. Y volverá a pasar.

El pueblo (tú, yo, nosotros, todos) reacciona a impulsos básicos aunque sea capaz de pensar sofisticadamente. Balancea permanentemente entre el bien y el mal con largas paradas en zonas medias, donde el nihilismo, la dejadez, el desinterés, la vanidad, la acritud, el rencor, la envidia, la crítica desinformada y  sobretodo el miedo, conforman un modelo de sociedad que se va imponiendo poco a poco. Y cuando ese líder de plástico capta la esencia misma de tal balanceo, aprovecha la emocionalidad asustada de la gente para erigirse como el dueño del balancín. Y la gente le cree. Y las brumas de la tristeza y la desazón se cuelan por las rendijas de mi vida.


Pero justo antes de que todo se vuelva oscuridad, un haz de luz entra por esa misma rendija. Pericles vuelve a mí y salva mi desespero con sus palabras: belleza y sabiduría. Y al pensar en ello, Platón acude también en mi auxilio con su tríada perfecta: belleza, sabiduría y bondad. Y de repente las brumas se esfuman, porque comprendo que tengo razón cuando reclamo -aunque sea en el silencio de mi necesidad y en la quietud de mi deseo- a ese líder que fui, como todos, abandonando en el camino cuando estaba más preocupado por “tener” que por “ser”. Ahora, más que nunca, necesitamos líderes de piel y alma, de bondad y fuerza, de ánimo y emoción, que recojan los trocitos de vida que la humanidad ha ido abandonando y construyan, para ella, un mundo parecido al que soñó Pericles, en el que ser pobre no sea motivo de vergüenza, siempre y cuando se luche con ahínco por no serlo. Siempre que la diferencia una y no repare en colores que justifiquen desencuentros. Siempre que las palabras necias sean reprobadas, apartadas y alejadas. Siempre que, cuando alguien nos enseñe con sus palabras la peor versión de “el otro” para que avalemos con nuestro voto su liderazgo enfermo, seamos capaces de apartar la mirada, darle la espalda y seguir avanzando a través de esa grieta de luz que en todos vive. 

domingo, 6 de noviembre de 2016

Día 6. Prepárate para encontrar

Ocurrió en la primavera de este año. En un vuelo doméstico desde Barcelona a Las Palmas de Gran Canaria, sin que aparentemente hubiera ningún motivo que lo generara, todo se paró durante unos segundos…la luz del sol de tarde que entraba por las ventanillas se encaprichó del interior del avión y lo iluminó como si un director de fotografía hubiera congelado la imagen en un fotograma perfecto para una película en rodaje; una niña rubia, de pie en el pasillo, dejó en el aire una sonrisa eterna dirigida a su padre, que le respondía haciéndole una graciosa mueca de cariño; todas las voces se suavizaron al punto que acompañaban al silencio casi andando de puntillas, sin molestar. Sentí algo bonito y extraño al mismo tiempo, y si bien no era la primera ocasión en que me sucedía, sí que fue la vez que tuve más consciencia de lo que estaba viviendo y durante más rato. Pasados unos segundos –creo que fueron segundos, aunque no sabría precisar bien-, todo volvió a ser igual…o puede que no. Lo único que se me ocurrió fue mirar disimuladamente en derredor para ver si alguien más había percibido lo mismo que yo. Todo seguía igual. Nada indicaba que nadie más hubiera pasado por un trance similar. Supe que debía escribir al momento mis sensaciones, y lo hice en el móvil. Esto fue lo que apunté:

“Hoy, 6 de abril de 2016, a las 19h40, a unos cuantos km por encima del suelo, en un avión de la compañía Norwegian, mientras leía y escuchaba el tema “Zanarkand” (de Final Fantasy X), aun no entendiendo muchas cosas, lo he comprendido todo: he podido percibir que todo es UNO. Mi mente se ha calmado, mi cerebro se ha iluminado, mi cuerpo era ligero, mis ojos se han llenado de lágrimas…no eran lágrimas de sensibilidad, eran de emoción, de máxima percepción de la realidad. Ha desaparecido la pena porque he sentido claramente que TODOS somos TODO, que TODO es UNO y que UNO es SIEMPRE, ETERNO. He visto nítidamente la no-muerte. El concepto “muero” ha perdido su sentido y su significado y me he trasladado al ANTES y al mismo tiempo, por primera vez en mi vida, a un AHORA de verdad. Todo ello ha durado un instante. Un instante en el que he sido energía pura, limpia, y en el que he podido ver luz en los demás. Me he sentido unido a todo y a todos. Uno, siempre uno.
No ha sido un momento místico, ha sido un momento extremadamente real en el que he comprendido que somos energía, todos, y que esa energía es la misma en todo lo que me rodea y se alimenta de la interacción con lo que la envuelve…por eso, de repente, como un fogonazo, he visto claro que NO-SOMOS, que en realidad nada existe y que, al mismo tiempo, esa no-existencia le da sentido a TODO.
Vivimos en la guardería del Universo, pasamos por la Vida como niños en un patio de colegio…nos perdemos tantas cosas!”…
                                                                              *****

Fue una experiencia reveladora. Desde que tengo uso de razón he buscado –sin ansia, pero con interés- el porqué de las cosas, su significado, su gen motriz, su fuerza primera, su sentido, su encaje con el resto, su conexión con mi realidad…pero en ese momento, allí, cerca del cielo, comprendí que el secreto no es entrenar al cerebro para buscar, sino preparar el alma para saber encontrar.


miércoles, 26 de octubre de 2016

Día 5. La luz de una palabra (sólo apto para quien las ama)

“La palabra es una forma de energía vital” (Dr. Mario Alonso Puig)

Sé que en cuanto salen de mi van a Australia, y allí Iván las valora; que en Barcelona, Marien las acaricia y comparte; que en Las Palmas, Cris las admira orgullosa; que en Lloret, Joan las lee y recomienda; que allí donde esté, Carla las analiza y pondera…pero, ¿dónde van mis palabras? ¿Dónde van tus palabras? ¿Dónde viven las palabras?.

Somos lo que somos porque las palabras nos han hecho así, nos moldean, corrigen, pasean con nuestra imaginación, se dan la mano, se besan, regresan cuando menos las esperamos a  nuestra conciencia, a nuestra intención, a nuestros sueños. Apalabramos la vida vitalizando las palabras en un acto independiente de la capacidad de hablar: una civilización de ellas vive en nuestro interior, sepamos pronunciarlas o no, sepamos escribirlas o no, declamarlas o no, cantarlas o no. Que les abramos conscientemente portones para que salgan o las mantengamos felices intramuros nada tiene que ver: tienen vida propia. Fueron antes que nosotros. Nacieron antes de que la vida nos acompañara hasta esta avenida llamada Mundo, y éste comprendió que a través de ellas le entenderíamos mejor. Por eso nos están esperando cuando llegamos y el primer llanto las reclama. Una multitud de palabras nos recibe alborozada, colgada en los bordes del amor de la madre que nos las presenta o balanceándose en la seriedad de la comadrona que nos las acerca. Todo fluye en un baile hecho de letras compuestas por los que han sido antes que nosotros, por los que vendrán después y por los que acompañan nuestro momento, hoy, aquí, ahora. Palabras que separan y engarzan, que matan y que despiertan, que otean y que guardan, que vigilan y protegen; palabras que influyen y que enardecen, que sonríen y reflotan, que alegran y entristecen, que hunden y soliviantan; palabras, siempre palabras…

“Y el Verbo se hizo Carne…” (Juan, 1:14). Palabras que estaban ahí, en el principio de los tiempos. Palabras que son el Tiempo mismo.

Nos estructuramos, pensamos, creemos, amamos y vivimos, porque podemos, debemos y queremos contarlo, explicarlo, compartirlo. A menudo nos refugiamos en ellas aunque, de vez en cuando, son ellas las que nos piden unas lágrimas para poder navegar por el caudal de un sentimiento roto, de una emoción sobrevenida, de un placer desatado. Palabras que surfean en océanos embravecidos de confusión y agobio, que se deslizan por suaves valles de fuerza y decisión, que se alimentan de pastos de voluntad o de tristeza. Palabras que acuden en nuestro auxilio cuando las llamamos e incluso cuando no lo hacemos. Palabras que nos retan a encontrarlas para completarnos.

El dios de las palabras es femenino: la Diosa Palabra. Dulce y amarga, convulsa y clara, suave y áspera, profunda y trivial…una diosa sensual, dueña, ama y señora de todas las letras, a las que esconde caprichosamente en el interior de todas las estrellas para que estas se iluminen y provoquen así que los seres humanos, instigados por la sutil semidiosa Inquietud, levantemos la cabeza por encima de nuestro pequeño mundo para buscarlas. Y cuando damos con una, la Diosa Palabra, feliz y satisfecha, apaga la estrella que la contiene porque sabe que, desde ese momento, no necesitaremos mirar más allá para saber lo que es la luz de una palabra, sino que nos dejaremos arrastrar por su fulgor hasta ese lugar en el que viven todas ellas y desde el que nos guían: nuestra propia alma.

Palabras, sólo palabras, siempre palabras…


viernes, 14 de octubre de 2016

Día 4. De saliente en saliente

Lo único que tenía que hacer era quedarme quieto, en posición vertical, mirar al frente, levantar un poco la rodilla, echar el pie ligeramente hacia atrás y la punta hacia abajo,  mantenerme así unos segundos, darme un pequeño impulso hacia arriba…y elevarme.

Hace ya muchos, muchos años y durante varios de ellos, la mayoría de mis sueños empezaban así. Al cabo de un momento, mi cuerpo se movía hacia donde yo lo dirigía, lo dominaba absolutamente, era capaz de volar. Si movía la rodilla un poco hacia la derecha, me iba hacia la derecha, si la movía hacia la izquierda, hacia ese lado que me desplazaba. Me bastaba levantarla un poco más para ir hacia arriba y cuando quería posarme de nuevo en tierra, no tenía más que colocar el pie en su posición natural y bajaba plácidamente hacia el suelo…o me quedaba a un palmo de las olas del mar, o en el borde de una nube, o en lo alto de una montaña. Así estaba toda la noche: volando. Sentía una libertad absoluta, definitiva. A veces jugaba dentro del sueño. Me elevaba hasta la cima de un monte en concreto (inexistente, claro). Me gustaba porque tenía muchos salientes. Me colocaba en el más alto, visualizaba la distancia y desnivel que había entre uno y otro y, en un momento dado, cerraba los ojos al tiempo que saltaba hacia el primero. No era velocidad lo que sentía mientras me dirigía hacia él, era algo más parecido a bucear increíblemente rápido. Notaba la fricción de la fuerza contraria a mi avance, pero era agradable. Cuando calculaba que estaba a punto de llegar a él y justo unos metros antes de estrellarme contra la roca, levantaba la rodilla y eso me permitía desacelerar la caída, reducir la velocidad y tomar tierra sin ningún problema. Pero en ese preciso momento, en el instante exacto en que eso sucedía, aún con los ojos cerrados, volvía a lanzarme hacia el siguiente, y así hasta que finalmente, al cabo de un buen rato, bajaba hasta el pie de la montaña, de salto en salto, de saliente en saliente, abría los ojos y miraba extasiado hacia arriba: la cima ya no estaba, la montaña era un enorme espacio vacío lleno de una luz intensa pero no molesta. Esa visión me provocaba sentimientos encontrados, ya que por un lado ansiaba comprobar el alcance de mi heroicidad al bajar una montaña entera, de risco en risco, desafiando las leyes más básicas de la Naturaleza y a la mismísima diosa Gravedad, y no podía; pero por otro, cuanto más miraba el vacío de la montaña, una extraña sensación de paz total me embargaba, porque comprendía lo más importante: yo era la montaña. Lo que volaba era mi voluntad, que dirigía hacia donde quería; la posibilidad de matarme en cada salto era un simple reto que asumía tranquilamente y que vencía por atención, concentración y actitud; los salientes eran problemas que solucionaba afrontándolos de cara. Todo tenía sentido. Me sentía seguro y fuerte. Cuando algo me molestaba, no tenía más que levantar la rodilla, y elevarme unos metros por encima del suelo para que desapareciera el problema. Con el tiempo, “elevarme un poco por encima de los problemas” para tener una perspectiva general de los mismos me sirvió (me sirve) para afrontarlos con mayores garantías, si no de solución, sí de enfoque y comprensión. Es cierto, no obstante, que no hubiera mejorado esa técnica si por el camino no me hubiera encontrado con importantes episodios de estrés que me permitieron aplicarla. De todo se aprende.

Crecí y nunca más volví a tener ese sueño. Hoy no sé si soy montaña, un simple risco o una inerme llanura, aunque tampoco me importa demasiado. He aprendido que no estamos hechos de sueños, sino que los sueños están hechos de nosotros, se visten con nuestra piel y salen a vivir cada día una vida distinta. Los sueños sueñan de día mientras nosotros dormimos la realidad de la noche y construimos una montaña con muchos salientes que al día siguiente saltaremos…con los ojos bien abiertos.


El éxito de nuestros retos está en convencernos de que, si realmente somos la montaña, los salientes (los obstáculos) nos pertenecen…y si eso es así (y lo es), la victoria es nuestra. Y a cada victoria la precede un sueño. A cada sueño, un vuelo. Y a cada vuelo, un espíritu libre que se lanza, seguro de sí, de saliente en saliente. Y ese espíritu lleva tu nombre. Todos los nombres.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Día 3. A ti, machito cobarde

Creo en Gaia, una Tierra nacida del Nuevo Paradigma, conjunto de creencias surgidas del convencimiento colectivo de que el ser humano no tiene más remedio que avanzar en comunidad e igualdad si quiere crecer en armonía y no perecer víctima de sí mismo, de los monstruos por él creados y alimentados por un ego mal entendido. Creo en Gaia, una tierra que nunca llegaré a ver, pero que representa la esperanza que sustenta mi visión del mundo. Creo en Gaia, una tierra en la que el alma animista de sus habitantes se fundirá con la Naturaleza suavemente, de tal forma que todo ser vivo será a la vez una parte de ella y toda ella cabrá en él. Creo en Gaia, una tierra llena de un saber florecido a partir de la inquietud por comprender y forjada en los valores del Amor y la Sintonía. Creo en Gaia, y lo seguiré haciendo, porque es lo suficientemente utópica como para permitirme confiar en ella. Creer en lo posible es aburrido. Creer en lo imposible dibuja sueños que visten de brillo la noche en la que vivimos hoy, la iluminan e ilusionan. Creo en Gaia porque es femenina. Y lo femenino es originario, arquetípico, esencial, básico. Lo femenino es intocable.

Siempre me ha resultado tan obvio lo descrito, que me cuesta entender por qué, aún hoy en día –o, mejor dicho, sobretodo hoy en día- hay hombres (uso el género porque me refiero exclusivamente a mis colegas de sexo) que se empeñan en vejar lo femenino, en cualquiera de sus formas. Me cuesta entender por qué algunos invierten tiempo planificando el mal y su deplorable estrategia tiene a una mujer por objetivo. Me cuesta entender qué placer encuentran en el dolor ajeno y, más en concreto, en el dolor de una fémina. A esos me dirijo hoy.

A ti, machito, a ti, cobarde, va dedicado este post: a ti, que crees que la fuerza está formada exclusivamente por músculos anabolizados; a ti, que las sabes a ellas más inteligentes que tú y no soportas esa idea; a ti, que  confundes el poder con el dominio, y el dominio contigo, de tal forma que finalmente eres tú el dominado cuando crees dominar, y te jode;  a ti, cuya supina estupidez te lleva a creer que una rendición con dolor y lágrimas es aceptación y consentimiento; a ti, que abusas vidas, violas cuerpos, manchas almas y desgarras sueños; a ti, que te amparas en la oscuridad y cubres tu vergüenza y tu mala conciencia con la vil complacencia de otros seres tan cobardes como tú; a ti, que no soportas que una mujer te mire a los ojos porque ves desafío en cualquier mirada más bella y limpia que la tuya; a ti, machito cobarde, a ti te digo que esa mujer, esa niña, esa joven, es tu madre, tu hermana, tu hija, y al violar a la primera, las violas a todas…incluidas las tuyas. Por mi parte, no hay perdón para quién castiga sin motivo, para quién afrenta sin pudor, para quién ensucia para siempre la vida de una hija de mi mundo... ni para quién escupe su maldad en la cara de Gaia.


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Día 2. Seamos aquel camino

Es curioso comprobar cómo, desde hace unos 200 años, a la par que el ser humano se iba sobre-estimando a sí mismo por haber encontrado respuestas a fenómenos físicos y naturales de forma mucho más rápida y convincente que durante los miles de años precedentes, su convencimiento sobre lo que “debía” o “no debía ser” también se aceleraba pretenciosamente. Al final del período, es decir, ahora, hoy, en este momento, el resultado de ese proceso acelerado de altanería respecto a su entorno, esa vis de chulería déspota en relación a la Naturaleza que nos dio la Vida, esa confianza desmesurada (e ilusoria, añado) en las posibilidades del Hombre de situarse por encima de todo sin miramiento, ha provocado que cantidades ingentes de seres humanos estén/estemos sometidos al dictado de lo que unos cuantos deciden qué “debe” y qué no “debe ser”. Así ha sido porque les hemos dejado  y, si no ponemos remedio, así será porque saben que les seguiremos dejando (la manipulación interesada de sistemas de opinión y gestión como los partidos políticos o la invención de instituciones creadas específicamente para perpetuar el poder en mano de unos pocos durante largos períodos de tiempo son tan sólo algunos ejemplos). El miedo atávico, el original, puede ser un poderoso aliado o el más feroz de nuestros enemigos, pero el miedo rutinario, el miedo acompasado, el miedo tranquilo y asumido, el miedo acomodado, el miedo sibilino, ese que a base de no dejarse ver demasiado nos va moldeando como personas, ese es, en cualquier caso, el freno más efectivo contra cualquier intención de cambio y/o avance personal y colectivo.

Esquilmamos millones de hectáreas de terreno cultivable en beneficio de grandes corporaciones, infectamos a todo un planeta con remedios farmacológicos de eficiente respuesta inmediata pero difusas consecuencias futuras, vendemos armas a adultos que se las pasan a niños para que su infancia sea determinada por conflictos bélicos que ni siquiera vieron generarse, nos inmunizamos contra la visión de barrigas hinchadas en terrenos inmundos, lloramos la pérdida de semejantes relativamente cercanos mientras seguimos dándole al puchero ante una catástrofe lejana, arreglamos con la palabra un mundo que ayudamos a destrozar con la acción, justificamos esa incoherencia atacando exclusivamente los defectos de la clase dirigente, abocamos bilis a raudales sobre lo que consideramos mal hecho o mal dicho por otros mientras nos auto-concedemos pequeñas bulas diarias que perdonen lo que hacemos mal o decimos peor. Amamos, sí, pero a quien nos ama. Sonreímos, sí, pero a quien nos sonríe. Saludamos, sí, pero a quien nos saluda. Hemos levantado entre todos un “mundo espejo”, que nos devuelve exactamente lo mismo que le proyectamos…ergo, no avanzamos. 

Sabemos –y nos gustaría creerlo, además- que hay que cambiarlo todo, ayudar a mejorar nuestro entorno, colaborar por el bien de la Tierra, de sus habitantes (sean seres humanos, animales, plantas o cosas) y somos conscientes también de que, de paso, no estaría de más inculcar un nuevo orden mundial que asumiera los valores de la ética, la bondad, la educación, el respeto, la amistad, la inteligencia, el amor y la alegría como bases inalterables de crecimiento, donde nadie –repito, nadie- estuviera por encima de nadie, donde el primer y más importante objetivo de los líderes y gestores públicos fuera el cuidado permanente de su comunidad, donde la avaricia y la codicia fueran tan sólo rémoras de un pasado postergado a museos etnográficos, donde el “ser” primara sobre el “tener” y ambos estuviera en orden y armonía con el medio. Sí, supongo que toda esta carta a los reyes magos estaría bien…aunque sabemos que nunca será así porque el "miedo-carácter" se ha impuesto, ha ganado, nos ha derrotado. Asumámoslo, hasta nos cuesta leer tanta palabrería de color rosa, nos da la impresión de que es un mensaje casi infantil, ¿a que sí? Lo ves: el miedo ha ganado. 

El sistema ha contaminado y condicionado nuestra manera de pensar y de comportarnos, y lo ha hecho con su discreta mesura y nuestra aquiescencia inconsciente. Somos el resultado de lo que muchos especialistas en programación neuro-científico-social han hecho de nosotros, dejándonos vivir en capsulitas de vida prefabricadas y decoradas con buenas intenciones, sensación de seguridad y emociones a menudo agradables e incluso intensas, de vez en cuando. Lo suficientemente intensas como para paralizar o aletargar nuestra capacidad de acción, perpetuando, de esta manera, su Estrategia de Poder Permanente.

“Bien, y cuál es la buena noticia?”, te preguntarás. Pues no la hay…es decir, no la hay o las hay a montones, tantos como pensamientos y acciones estemos dispuestos a llevar a cabo en nuestra vida en la buena dirección.

Empezar por la educación y el respeto estaría bien. E iniciar esta revolución en nosotros mismos estaría aún mejor. Despojarnos de la coraza de lo aprendido; abandonar los prejuicios grabados a fuego en nuestro interior; convencernos de que cualquiera es mejor que nosotros en algún aspecto y de que en ese sentido podemos aprender de él; pedir y pedirnos perdón; no criticar sin fundamento; exigir y quejarnos ante quién sea cuando sabemos que nos asiste la razón; tomar el pulso a la Naturaleza que nos rodea y sentir que esas pulsaciones no son suyas, son las nuestras; amar sin tapujos ni condicionantes; olvidarnos del “qué dirán”…hay tantas cosas que podemos hacer…y tantas excusas para no hacerlas…pero las haremos, tú y yo sabemos que las acabaremos haciendo. Porque esta es, en esencia, la buena noticia: que estamos preparados para cambiar para que nadie nos dicte lo que debemos o no debemos hacer.

Seamos aquel camino que siempre habíamos deseado andar.